La tarde navegó al completo entre dos aguas. Casi siempre para mal. A los jóvenes, ya curtiditos pero jóvenes, les costó en su mayoría tirar la moneda y dar el paso adelante. Y así les fue. Con una corrida de Fuente Ymbro tan noblona y dócil como fácil. Seis bombones para tíos con ambición. Para ponerse y disfrutar, y pegar un golpe encima de la mesa que les permita sonar con fuerza. O volver a sonar en algunas ferias. Pero nada.
De todo ello se salva César Jiménez, a quien la suerte le puso en bandeja un buen lote de Ricardo Gallardo que, con intermitencias, le valió. De Tejela será mejor correr un tupido velo y hablar de los toros, que terminaron imponiéndose mientras su matador se los dejó marchar enteritos. Bolívar no lo vio con el tercero y con el sexto se animó un poquito, pero hasta ahí.
Abrió plaza un toro de premio. Un primero un punto basto pero con una gran profundidad en su embestida. De los de rebosarse, que dicen los taurinos. De hacer el avión y desplazarse hasta el final. Con gran temple y buen trazo. Con un poquito más de chispa y transmisión ya habría sido la leche. Pero aun así, fue. Fue de inicio a la muleta de Jiménez, que lo citó de largo para darle la ventaja. Y se quedó después cuando el madrileño hizo amago de tapar la embestida y ahogarle. Dijo que nones, que más sitio, y Jiménez se lo dio poco a poco.
Con la izquierda llegaron los mejores momentos, muy sueltos. En una situación así, se habría esperado un Jiménez más descarado, más enfibrado, menos envarado. Más suelto, que se dice. Con un chorro de sangre caliente como para aprovechar esa embestida en dos series de naturales de las de reventar la cosa de verdad. Los mismos naturales, pero ligados. Aun así, cobró una estocada buena y una oreja.
La del cuarto fue más o menos igual. Un espadazo efectivo y otro trofeo. A Jiménez le costó apostar por el de Gallardo, que no terminó de humillar, aunque se movió y quiso. La primera parte de su labor fue de tono plano, pero con la zurda lo vio claro, se lo creyó un poco y, a partir de ahí, la cosa cambió. Más suelto el torero, con más variedad y apostando por la ligazón, cambiaron las tornas. Y Jiménez se fue en volandas.
Otro toro bueno fue el sexto. De los de apostar. El animal al principio protestaba un poco por la falta de fuerzas pero se fue asentando. Bolívar lo pasó a media altura en varias series de muchos pases y poco contenido. Hasta que el colombiano descubrió la importancia de su pitón derecho y decidió ponerse a torear. Por la izquierda no hubo acople, pero por la derecha se animó a bajarle la mano y calentó aquello con los mejores muletazos de la tarde. Pero un bajonazo lo mandó todo al garete.
Por el contrario, con el tercero no lo vio ni dejó verlo. A ese toro lo abrasaron a capotazos y nadie se confió, ni el torero ni la cuadrilla. El toro, como toda la corrida, blandeó de inicio pero se vino arriba para embestir con nobleza. Bolívar lo pasó por ambos pitones sin decir ni querer decir nada.
La imagen de Tejela fue preocupante. El jabonero segundo embestía rebrincado de inicio aunque terminó templándose un poquito. El quinto era toro de apostar para sacar su fondo. Pero Tejela renunció de salida. Ni con uno ni con otro. Muchos pases, dos estocadas caídas y adiós muy buenas. A la primera fila, claro.