Decir que hoy en día se torea mejor que nunca ha dejado de ser un tópico. Es verdad. A un toro más cuajado que nunca, más exigente también. Lo de ayer en Castellón fue ejemplo de ello. Una faena casi perfecta, diciendo y haciendo el toreo, a un toro que lo era tanto.
El Jandilla quinto no quiso de primeras. Ni después tampoco terminó de entregarse. Aún con la cara entre las manos, a regañadientes, no le quedaron más cojones que embestir. ¿El secreto? Una muñeca izquierda como pocas. Y una perfección técnica de grado superlativo.
La faena fue de (con)vencer al toro. Poco a poco, citando en la distancia justa, dándole todas las ventajas, con el toque preciso en el momento exacto. Y a pesar de su renuencia, el toro embistió. Y hasta el final, porque José Tomás tuvo que romperse la cintura para llevar al toro un pasito más. Y lo hizo.
Los naturales que fueron brotando eran monumentos al toreo. Obligando al toro, asentada la cadera, enganchando, templando y soltando, dándole al toro la ventaja en ese pequeño tempo en el que tanto cuesta mantener la intensidad de una faena pero que le da todavía mayor importancia y rotundidad al siguiente muletazo. Sin carruseles, sin pasarelas, sin bisutería.
José Tomás hizo el toreo. Lo dijo Carlos Crespo en su crónica perfectamente. La misma perfección que JT aplicó a un toro que no la tenía en su embestida. Y esto solo acaba de empezar.