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No hay que entrar al trapo

PACO AGUADO
07/09/2010 10:47
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Están crecidos. Se han venido arriba. Como el manso violento que no se encuentra un valiente le baje los humos, los antitaurinos deambulan abantos estos días ante las puertas de las plazas, insultando tras el musculoso burladero de los cordones policiales.

Se veía venir. La traición del nacionalismo catalán, que les ha usado arteramente para sus manejos políticos, ha dado alas a los movimientos animalistas, que amenazan con seguir dando el coñazo con los instrumentos que les garantiza la ley. La ley o quienes la interpretan, porque una cosa es el derecho a manifestarse y otra es hacerlo en las mismas narices de los agraviados.

Hace ya años que hablamos del tema en esta columna, cuando una lumbrera del Gobierno Civil de Zaragoza les dejó llegar hasta la misma reja del patio de cuadrillas de la Misericordia. Aquella tarde, un centenar de violentos no sólo impidió el paso a las furgonetas de los toreros –que tuvieron que entrar por la enfermería- sino que insultó con ira a cualquiera que se adentrara en el coso a presenciar un espectáculo legal y que deja en las arcas públicas aragonesas miles de euros. Esos que, seguro, ayudarán a subvencionar suficientemente las actividades de estas sectas disfrazadas de “oenegé”.

La costumbre se ha ido extendiendo. La de las “manifas” a las puertas de los cosos y la del insulto indiscriminado a los aficionados a los toros, con la impunidad que les garantiza un sobrado despliegue de policías o guardias civiles que bien podrían estar trabajando en ese momento en asuntos más preocupantes para la seguridad ciudadana. Hasta ahora, la gente del toro ha sido santa, e incluso se los ha tomado a risa, como una anécdota más de las tardes de corrida. Pero las circunstancias han cambiado lo suficiente en estos meses –la amenaza de prohibición es cada vez más patente— como para que muchos empiecen a plantarles cara, hartos ya de tanta humillación.

Es lo que buscan ahora, provocarnos, dar carnaza a esos informativos de televisión que tan sesgadamente amplifican todos sus movimientos 

Es hora de empezar a pedir responsabilidades a los políticos, como ha hecho Santi Ortiz en su carta a Rubalcaba, porque cualquier día se puede montar la de dios en uno de esos pueblos donde la gente no suele ser tan pajuna como en las ciudades. El chaval vapuleado por unos histéricos “picoletos” en Colmenar, o la reacción de los habitantes de Sacedón y Felanutx son sólo un adelanto de lo que está por llegar si se permite a estos grupos continuar con su organizada y estudiada campaña de provocación y publicidad gratuita.

Porque es lo que buscan ahora, provocarnos, dar carnaza y motivos a esas cámaras de video que difundirán urbi et orbi, a través de los informativos que tan sesgadamente suelen amplificar sus movimientos, la “violencia ciega” de los taurinos que les respondan. Es hora, sí, de pedir responsabilidad a los gobernantes, y amparo, para hacer valer nuestros derechos ciudadanos. De pedir protección ante la permanente agresión de unos colectivos sectarios cuyas actividades empiezan a lindar con el terrorismo, como ya se ha demostrado en Francia.

Algún sagaz bloguero recomienda empezar con denuncias judiciales. Es un buen primer paso, pero no suficiente. Hay que exigir a los políticos que se comprometan de una vez con esta “minoría” de dieciocho millones de personas pacíficas, insultadas y agraviadas. Y hay que desenmascarar a esas sectas y a quienes les dan cobertura en los medios. Pero, por encima de todo, hay que apretar los dientes para no entrar al trapo, para no responder con la misma violencia, para no dar razones a quienes no las tienen. Porque a nadie nos gustaría entrar a los toros vigilados por la policía, tan sospechosos como somos ya, como dice Calamaro, de admirar a quienes saben mirar a los ojos de la muerte.

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