Mirando fotos el domingo pasado, me detuvo una oportunísima instantánea de Faricle. De esas que trascienden la montonera de píxeles, de puntos de color, encerrando interpretaciones y significados casi filosóficos el día en que Barcelona se abría a la vez para los recortadores y los niños.
Descansaban de sangre, o eso creían los políticos que hicieron la ley y la trampa; no la empresa Matilla (eso quiero pensar), que movida por la desesperación ante tanto escaño vacío en la Monumental y tanto inconveniente institucional acabó pagando una torpeza propia de la ignorancia "ecologista" sobre la realidad del toreo, presente también en la iniciación del rito, en su expresión más primitiva y popular como es la del recorte a cuerpo limpio.
Dudo si, al descansar la sangre, descansaron los antitaurinos de la grotesca protesta en la acera de enfrente y fueron al cine, o cogieron un libro, preocupadísimos como andan por los hábitos de lectura de los aficionados, haciendo incompatible el gusto literario con el taurino. "Dejen de torturar y lean un libro", aconsejan ahora. Como si la abundante producción literaria que ha tomado a la Fiesta como musa no tuviera su punto y aparte en los estantes de la FNAC... Menos mal que, a falta de premios nobeles e intelectuales de altura entre los seguidores de la Fiesta, siempre nos quedarán las obras completas de Pilar Rahola o de Leonardo Anselmi.
Pero volviendo a la fotografía aludida, se refleja uno sin querer en el niño y en su "trauma", ese del que los legisladores catalanes con bata blanca, al rescate, trataban de prevenirle sin éxito. Detrás del recortador caído, se aparece un chaval con gafas de plástico, indicadas para los más "trastos" e inquietos, irrompibles dicen, por las que se acaban decidiendo los padres cansados de pagar los cristales rotos. El encontronazo del crío con el héroe que pasa a metro y medio, le abre la boca y da salida a una admiración que contrasta, en la cruzada natural del niño por descubrir el mundo, con el rictus consciente y experto de quien, detrás suyo, parece su abuelo. Y con el impetuoso, caliente y desafiante gesto del recortador herido, sobre todo en el orgullo, que sangra igual pero no se ve y por tanto no está prohibido.
Mentiría si dijera que nunca, tratando de encajar la ética con los placeres, me hubiera cuestionado por la justificación moral del toreo. Por la posibilidad de vivir ciegos de pasión, sin reparar en los daños a terceros. Pero tratando de hacer lo más objetivo posible el análisis, tengo la suerte de que el gusto por el toreo me sale siempre a devolver, aunque el preámbulo torticero con el que los políticos catalanes han rematado su despropósito, hable de la Fiesta como un espectáculo violento y le haga responsable de daños irreversibles en el desarrollo de los más pequeños.
La Tauromaquia, por definición, es todo lo contrario. Una acción pacificadora que reprime la violencia ejercida, en todo caso, por la fuerza bruta del toro. Porque la violencia llega con la cornada, no con el toreo. Ni siquiera con la estocada que, bien ejecutada, no es un puñetazo sino una lenta aproximación a los pitones del toro. "Y más despacio que el paso del cachorro, entró a matar...", recreaba el gran Búfalo regalando los oídos a su admirado maestro Juncal.
En realidad, la violencia en el toreo se circunscribe básicamente al accidente que el torero acepta sufrir cuando el diálogo que trata de establecer con el toro no es tolerado. Un accidente como el que segó la vida del piloto japonés Tomizawa ese mismo domingo en el circuito de Misano. Las imágenes, que han dado tres vueltas al mundo, son de una crudeza y una violencia extremas, pero nadie ha escrito estos días del motociclismo como de un deporte violento. Porque no lo es, en esencia. Aunque puede llegar a serlo, por accidente. Como casi todo. Debería ahora dar otro paso la Generalitat, tan paternalista ella, y garantizar al niño de Barcelona que no presenciará un atropello a la salida del colegio, un accidente de tráfico o una muerte traumática hasta cumplir los dieciocho.