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Los toros en tiempos de Goya (II)

JOSÉ VEGA
30/04/2010 11:19
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La última década del siglo XVIII verá el apogeo de la primera época dorada del toreo. Costillares, mayor y enfermo, se eclipsa. La rivalidad ahora es de Pedro Romero y Pepe-Hillo quienes apuran su madurez en los ruedos. Es un momento de euforia de los aficionados quienes incluso se enfrentan con la pluma a los ilustrados.

A comienzos del XIX este optimismo taurino se desplomó con la retirada de Pedro Romero en 1799, Costillares fallece de muerte natural y sobretodo el 11 de mayo de 1801 Pepe-Hillo es cogido y sufre una terrible muerte en la plaza de Madrid, a vista de un público horrorizado entre los que se encuentra la Reina María Luisa.

De ahí se pasa a una época de decadencia por la muerte y cogidas de toreros por la razón de que  no estaban capacitados, ni hacían bien su oficio. La generación que vino a sustituir a lidiadores expertos como Costillares, Romero o Pepe-Hillo querían emularlos para satisfacer al público pero esa falta de destreza produjo una serie de accidentes mortales que llenó ce argumentos a los detractores de la fiesta, llegando incluso a dictar una Célula de 10 de febrero de 1805 donde se denegaba la concesión de licencias para “las fiestas de toros y novillos de muerte”. Se cumplió casi rigurosamente en las grandes ciudades, pero quedó un reducto en los centenares de juegos con toros que eran parte esencial de las fiestas tradicionales en diversos lugares de España.

En 1808 estalla el motín de Aranjuez y la abdicación del Rey Carlos IV en su controvertido hijo Fernando VII. Se pretenden cumplir los fastos tradicionales que señalan el acceso al trono de un nuevo Rey y aquí vuelven los toros, indispensables en las grandes funciones reales, y así a finales de marzo de 1808 se determinó que hubiese fiestas de toros en la Puerta de Alcalá con motivo de la coronación del Rey. El Ayuntamiento de Madrid para ello adquirió cerca de cien toros.

Los fastos no llegaron a celebrarse y el centenar de animales adquiridos por el concejo pastaron tranquilos junto al rio Jarama, en “La Muñoza”, mientras se solventaban cuestiones políticas. Existía una división entre los Borbones y se marcharon a Bayona, lo que propició el levantamiento del 2 de mayo. Fernando VII devolvió la corona a su padre y éste renunció a ella a favor de Napoleón quien a su vez se la dio a su hermano José Bonaparte quien cuando entró en Madrid, en Julio de 1808 mandó que se hicieran dos funciones públicas de toros, deseoso de que el pueblo se divirtiera y regocijara con motivo de su proclamación.

Después no se dieron toros hasta el 26 y 29 de agosto, donde se anunciaron dos corridas para celebrar la proclamación del Rey Cautivo, Fernando VII, como Rey Legítimo de España. El Ayuntamiento tuvo que hacer arreglos en la Plaza de toros por el desuso, y al final tuvieron lugar las dos corridas ante un tumultuoso público.

Toreros de fama de ese momento fueron Juan Núñez “Sentimientos”, José Jerónimo Cándido, Curro Guillén, Lorenzo Badén, Alfonso Alarcón “El Pocho” y el novelesco gitano José Ulloa “Tragabuches”.

La Fiesta gozaba de buena salud y de la simpatía de José Bonaparte, puede ser por congraciarse con las clases más populares de la sociedad. Aunque en 1809 no se dieron corridas en Madrid, el Rey ofrece el deseo oficial de que se repare la Plaza de toros de la Puerta de Alcalá, que sirvió de depósito de prisioneros durante la guerra, y manda buscar en Andalucía los mejores espadas y picadores para que actúen en la Corte. Pero resultó un tiempo de Lidia bastante deficiente.

Para paliar la falta de habilidad del arte de torear se vuelve un poco a buscar el espectáculo circense con actos como: Una mujer, Teresa Alonso, rejoneadora, “El Pocho” montando un toro después de ensillarlo, novillos embolados para que los corrieran los aficionados, y tropas otomanas vestidas a la morisca, participaban en la lidia de la arena madrileña.

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