La grave cogida de Aparicio dejó la corrida en un mano a mano a las primeras de cambio. El manso y encastado que hizo primero e hirió a Julio tuvo veinte arrancadas. Emotivas y con transmisión todas ellas, aunque pronto cerró el grifo y se rajó descaradamente buscando la puerta de toriles. Aparicio tampoco terminó de enterarse. No logró sujetarle y el toro huía despavorido. Aparicio tras de él.
Trató el sevillano de hacerse con él entre las dos rayas en terrenos de sol, y allí, dejó algún muletazo suelto estimable con la zurda, algún trincherazo con aroma, arrebujado. Buscando reverdecer viejos laureles. La gente estaba con él y amagó olés que por desgracia no encontraron continuidad. Iba entrando Aparicio en faena cuando el toro ya no la tenía. Manso de libro.
Luego llegó la cornada. Al final, entrando a matar. Ya le avisó el toro en el primer pinchazo. El del Puerto no se movió y cazó al torero en el muslo izquierdo con un feo derrote. Apenas cayó al suelo, rápido se vio que estaba herido. Las asistencias lo condujeron a la enfermería entre aplausos. Su banderillero, el veterano Vicente Yestera, recogió la ovación desde el tercio y firmó lo mejor entre los de plata, tanto con el capote en la brega al primero como con los palos ante el cuarto.
Así las cosas, Morante y Perera se medían en improvisado mano a mano. La corrida salmantina de Puerto de San Lorenzo, seria, cuajada y ofensiva aunque desigual en cuanto a hechuras y volúmenes, no terminó de romper. Ningún toro. El de mejor fondo fue el primero de Perera, al que le traicionaron las fuerzas y perdió las manos demasiadas veces. Le exigió Perera desde el principio. Lo rompió por abajo y se lo enroscó por momentos en muletazos que arrancaron los olés. El toro, aunque flojo, la tomaba por abajo con celo y buena clase, sin embargo no permitió a Perera macizar el trasteo.
Le dio Miguel Ángel la media distancia en los comienzos de tanda y el toro se venía alegre. El extremeño volvió a poner de manifiesto el dulce momento que atraviesa y desde el comienzo acertó con el sitio, la altura y la distancia. Firme, asentado y sin perderle pasos, se la dejaba puesta para ligar un muletazo con el siguiente. De ahí salieron algunos de los mejores de la tarde, con algún natural de extraordinaria factura. El toro, fruto de la flojedad y mansedumbre, se puso molesto y terminó gazapeando cuando veía tablas, en los muletazos hacia dentro. Perera apenas le dudó. La estocada al segundo intentó y los dos golpes de verduguillo, enfriaron a un público que no obstante sacó a saludar a Perera.
El quinto de lidia ordinaria fue un toro que se mostró manejable, más bien así lo enseñó el buen hacer de Perera. No sobrado de fuerza, como todo el encierro, repitió la tónica de sus hermanos al no emplearse tampoco en el caballo. Mansa fue la corrida. Morante se animó en éste y entró a quites. Apenas cuatro lances y la media. Componiendo Morante pero sin obligar al toro. Lo mejor, la media. Rematada en la cintura y sintiéndose el torero. Perera replicó por gaoneras. Ajuste y quietud en el quite del extremeño que, unido al de su compañero, levantó una de las mayores ovaciones de la gélida tarde en Madrid.
Perera, molestado por el viento, trató de llevar largo y en línea al flojo toro de Lorenzo Fraile. Confiándolo. Respondió el toro que fue agradeciendo el buen trato del torero pacense y se desplazó cada vez con mejor estilo. Todo fue un espejismo y el toro terminó a menos, desentendiéndose y saliendo con la cara alta, tampoco permitió compactar la obra. Quedan, eso sí, las buenas sensaciones de este torero que sale de esta primera cita venteña con el crédito intacto.
Morante de la Puebla firmaba su segunda actuación en la capital de España en menos de un mes, pero el sevillano no vivió una tarde afortunada. Tres toros tuvo y ninguno de ellos permitió el toreo del hispalense, que pronto se desconfío. Su primero fue un auténtico tío. 620 kg de toro, muy bien repartidos, eso sí. Imponente el toro, con mucha leña por delante, aunque bajo y bien hecho.
Desarmó a Morante en el saludo y padeció una lidia horrorosa. El toro, manso también y algo incierto, blandeó en los primeros tercios y fue protestado. Morante, tras un largo tanteo, abrevió y pronto macheteó por bajo al toro antes de coger la espada, su cruz esta tarde. Un auténtico sainete dio el de La Puebla con los aceros y, en este primero, escuchó un aviso pese a lo breve del trasteo.
Al cuarto le hizo Morante un amago de cuajarlo a la verónica. Se encajó José Antonio, aunque sin bajar las manos. El toro se dejó en la muleta, aunque sin clase ni raza. Un rato estuvo con él Morante. Apenas dijo nada. Se fue a por la espada y repitió el petardo estoqueador. El sexto fue otro toro muy blandito. Morante buscó alguna serie a media altura componiendo la figura, aunque de raíz cortó la faena ante la sosería del toro. La gente se enfadó y despidió al sevillano con una sonora bronca.