La semifinal del IV Bolsín 'Tudela busca un torero' resultó entretenida pese a que la materia prima estuvo por encima de los novilleros, de unos jóvenes a los que, en general, les faltó ese hambre de triunfo tan necesario para intentar ser algo en el difícil mundo del toreo.
Los novillos, que lucieron buena crianza, no se comieron a nadie y permitieron mejor toreo que el que se pudo presenciar en la Chata de Griseras. La mayoría muy sueltos de salida, se fueron centrando y acabaron aceptando los engaños, aunque les faltó clase. Pero no derramaron peligro y, con su más y sus menos, dejaron estar.
El mejor del lote de erales navarros fue el segundo, ya que tuvo fijeza, nobleza y repetición en la muleta. Aguilera, sin andar mal, estuvo por debajo de él. Este joven cordobés dibujó derechazos y naturales pero insípidos, carentes de gusto. Pudo y debió torear más y mejor. De todos modos, como mató de un pinchazo sin soltar y una entera, el público pidió un trofeo, que, finalmente, consiguió.
También lo paseó Del Álamo, que mostró el mejor y casi único toreo de capa de toda la tarde. Fueron cuatro verónicas que tuvieron buen son y profundidad. Con la muleta, este salmantino, por lo menos, mostró ganas y se peleó con un novillo, el quinto, noble pero rajadito que, aunque algo tardo, se dejó hacer. Trazó algunos buenos derechazos pero acabó abusando de los pases por alto. Con los aceros tampoco anduvo mal: casi entera y descabello. Paseó la segunda y última oreja de la tarde.
Raúl Cámara, por su parte, fue un sí pero no, siempre algo desconcertante. Ejecutó bien ante el cuarto el primer muletazo de cada serie pero luego dudó demasiado en la cara del eral, que fue adquiriendo cierto sentido, hasta que llegó el revolcón, sin mayores consecuencias. Este madrileño, que mostró algo de raza, mató de dos pinchazos, otro hondo y un descabello. El público le ovacionó; él correspondió saludando desde el tercio y luego se inventó la vuelta al ruedo.
La peor imagen vino dada por Rodríguez y Fernández. Al malagueño le faltó confianza y le sobró pasito atrás ante el que abrió plaza, un novillo que, sin clase y sin humillar lo deseado, se dejó hacer. Tampoco con los aceros anduvo fino y el público guardó respetuoso silencio.
Similar imagen dejó el sevillano Fernández. Anduvo desconfiado, sin quietud alguna ante el tercero, un mansito sin clase, que quería irse y al que hizo peor. Lo mejor de la actuación del de Camas fue a la estocada, pero le siguieron cinco descabellos. En definitiva, poco muy poco, por parte de unos jóvenes que sueñan con ser mucho en el toreo. Algo no cuadra.