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Tres tandas de naturales para soñar el toreo

El Cid, en un gran natural al quinto toro | Foto: PALOMA AGUILAR
MARIO JUÁREZ | Las Ventas (Madrid)
15/05/2008 19:49
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El Cid cuajó su mejor tarde en Madrid. Con dos toros importantes de una corrida buena y con fondo bravo de El Pilar. Los dos mejores, que cayeron juntos en su saco. Dos de cuatro, que los hubo. Y El Cid de Salteras, torero de Madrid, los cuajó a placer. Con sus cosas, también, pero con tres tandas de naturales para soñar el toreo que quedarán en la retina de ésta y de muchas ferias.

Hubo mucho y bueno en la actuación del sevillano. Un torrente. Con la misma fuerza desbocada con la que lo vivió la plaza. De esos días que Madrid se entrega sin freno. El sevillano es querido por esta plaza y en ella se crece. Lo hizo, apostó y ganó. Sólo su espada, una vez más, le privó de la puerta grande.

Ese quinto fue de escándalo. Y El Cid tenía sus orejas en la mano. Pero no pasó con la espada. No se tiró con la fe del segundo, por ejemplo. Y pinchó, por tres veces. Como si San Pedro le hubiese negado el triunfo. Todavía tuvo fuerza el toro para encelarse en uno de los capotes y en el vuelo de la muleta de Manuel Jesús. Toro bravo, hasta el final. De los que, para no variar, quisieron echar para atrás los adivinos de siempre. Otra vez.

La imagen de El Cid con la muleta tapándose la cara, por montera, relataba mejor que cualquier texto el sentimiento de la tarde. De cien a cero en un segundo. Pero antes había habido cosas muy importantes, con esas tres tandas de fiesta mayor. Difíciles de superar por profundidad, encaje, hondura, clase y ligazón.

Seis tandas hubo en esa faena que quedará al final de feria. Y entre las seis, algunos dientes de sierra, con cumbres en las impares y algún atragantón en las otras. Las tres buenas fueron muy buenas. Y todo lo pudieron. Porque esas tres series, barriendo la arena con la muleta, encajada la planta, templando a cámara lenta y ajustando el embroque, no se olvidan. Descolgado de hombros el sevillano, entregado a todo y a todos, Manuel Jesús vivió e hizo vivir emociones muy fuertes.

La faena tuvo nota alta y mucha intensidad. La que puso por delante un toro bravo de Moisés Fraile. Dándole sitio y distancia, y mucho tiempo, se gustó El Cid incluso en los cites, siempre de lejos, con la muleta por delante, dándole distancia y dejándoselo llegar muy poquito a poco. Enganchándolo y templándolo a cámara lenta. Las tandas pares, después de la explosión precedente, no alcanzaron tal nivel. Firme el torero, no hubo acierto con el mismo temple en los embroques. Algún enganchón y rectificación a destiempo hubo. Fue toro codicioso siempre, encelado en todo momento, pronto cuando veía muleta. Quizá en esas series, por precipitación, el animal tocó la tela y protestó. Lo justo. No opacaron las otras tres, para enmarcar en una lección de cómo se torea al natural.

Tuvo más la faena que esas tres series. Los remates de toda. Con pases de pecho a cámara lenta y de pitón a rabo. Tan largos como esos naturales que reventaron Madrid. Auténticos carteles de toros. Y todo después de una lidia desordenada, con capotazos a tutiplén y un derribo por la fiereza con la que acometió el animal al caballo. Antes de venirse arriba. Claudicó el animal a la salida de tan feroz pelea y dobló en un tirón de El Cid con el capote en un quite inoportuno. Se levantó en armas la plaza contra el animal sin percatarse del fondo que llevaba dentro.

Había cuajado El Cid al toro por la izquierda y quiso también por la derecha. Más cerrado ya el animal, aprovechando los viajes que por sí solo tenía el animal. Con la muleta y la muñeca muerta. No hubo acople y bajó el nivel de la faena. Después llegaron los pinchazos para reventar todo. Otra vez. Como el toro de Hernández Plá, el de Victorino o el de Alcurrucén. Uno más en la leyenda. Aun así, esas tres tandas antológicas quedarán en la memoria.

Pudo haber cambiado los papeles con la espada El Cid en el segundo. A ese lo reventó de un espadazo entero y tendido que lo hizo rodar muy rápido. Otro toro bueno. Se vino de largo y la tomó siempre por bajo. Justo de fuerza, le faltó empuje. Para ir más allá, como el quinto. Pero tuvo fondo, buen fondo.

El Cid lo llamó también de largo y empezó a torear sin pruebas. Pronto y en la mano. La primera serie, al hilo por sistema, fue censurada por el sector que todo lo mide. Incluso dijeron cuándo y dónde debía colocarse y echarle la muleta. La siguiente tanda tuvo mayor ajuste el toro respondió todavía mejor. En redondo, sobre la mano diestra, por bajo. Firme y seguro el sevillano, que lo aguantó de largo, y que dejó una gran serie.

Por la izquierda le sorprendió alguna vez. Se acostó un poquito el animal y El Cid tiró del pico para intentar desplazarlo. Fue una faena muy larga con momentos estelares, como un pase de pecho con el que paró el tiempo. Faena de torero seguro, fácil, en estado de gracia. En su mejor tarde en Madrid. Con permiso del día 31, claro.

El sevillano pasó cual apisonadora por encima de sus compañeros de cartel. Juan Bautista no tuvo opción con el primero, de ninguna clase, mirón y distraído. Abrevió el de Arles cuando vio que no había chispa posible que prender. El borrón de la estocada, una cuchillada chalequera, pasó factura después.

Tal vez por eso, o porque faltó un poco más de fibra con el cuarto, no terminaron de calar dos series de buen trazo con el cuarto. Otro de los toros de premio gordo. Con un defecto, se acabó muy pronto. A la tercera serie todo. Las dos primeras acudió con mucho temple a la muleta de Juan Bautista, que lo toreó muy despacio y de forma elegante. Sin reventarlo por abajo, con mimo. Con gusto y pulso. No hubo encuentro con la izquierda, y todo se torció ya. El toro a menos, el público a la contra y el torero sin todo el alma que aquello requería.

Talavante lo intentó con el tercero, el otro toro de peor nota de la corrida. Marcado por las dos faenas precedentes de El Cid, Alejandro distó mucho de ser el torero entregado que descubrió Madrid hace dos años. Se puso y expuso, pero sin alma. De perfil en los cites, sus dos toros toparon y engancharon más de una y más de dos veces los trastos. El tercero porque no tuvo fondo para aguantar aquello, y templar en la media altura a un toro que se defiende por flojo es muy complicado, sin que te toque.

Tras el chorreón de El Cid en el quinto, Talavante no se vino arriba. Ese animal, otro de los de movilidad y venirse arriba de la corrida, prendió de manera espeluznante a Niño de Leganés. Por el pecho lo levantó y arrolló. Alejandro se fue a los medios, lo citó de largo para torear de inicio, como El Cid. Fue bueno el comienzo, con una serie estimable, que pareció el principio de mucho. Después llegaron tirones, achique de espacios y enganchones y todo se desinfló muy rápido. 

OCTAVO FESTEJO DE LA FERIA DE SAN ISIDRO

Madrid. Jueves 15 de mayo. 8ª San Isidro. Lleno de 'no hay billetes'

Toros de El Pilar, bien presentados. 1º noble, desrazado y justo de fuerza. 2º encastado. 3º, manejable aunque sin clase. 4º, noble aunque a menos. 5º, bravo, noble y con gran duración, premiado con una gran ovación en el arrastre. 6º, noble aunque a menos.

Juan Bautista
, silencio en ambos.
El Cid
, vuelta al ruedo tras petición y ovación con saludos tras aviso.
Alejandro Talavante, silencio y silencio.

Al término del paseíllo, se guardó un minuto de silencio en memoria del Guardia Civil Juan Manuel Piñuel Villalón, asesinado por la banda terrorista ETA el miércoles. 
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