La primera corrida de la Feria de Osuna deparó en muy poco público en los tendidos de la bella plaza sevillana con un cuarto del aforo. Un festejo que tuvo un claro denominador, el buen toreo de un joven matador que puede dar mucho que hablar durante la presente temporada, Daniel Luque.
El sevillano se mostró con un gran concepto del toreo ante su primero, el tercero de la tarde que también tuvo clase a la hora de embestir. Luque demostró estar preparado para compromisos de gran responsabilidad como puede ser su confirmación en Madrid el próximo 5 de junio. Desde que se abrió con el capote tenía claras sus ideas y enjaretó unas verónicas muy dulces.
En el tercio final dibujó el toreo por ambos pitones con gran estética y profundidad, destacando el realizado con la muleta en la derecha. Por ahí lo llevó con los vuelos de la franela hasta el final, con la planta erguida y la mano muy baja. Un compendio de naturales hondos y bien ligados fue el resultado de su labor por el pitón izquierdo, haciendo el torero gala de una gran dimensión. Finalizó con pases de desprecio muy bellos y un arrimón cuando el colaborador astado se fue a tablas.
Con el sexto también anduvo en la misma línea que con su anterior ejemplar pero en esta ocasión el de La Gloria, era un toro derrengado de los cuartos traseros al que le costaba un mundo desplazarse. Luque se la jugó metido entre los pitones para pegarse un buen arrimón y aprovechar la corta embestida de su oponente que siempre la hacía con la cara en el fajín.
Javier Conde se enfrentó a un toro con buena condición pero cogido con alfileres por sus escasas fuerzas. El malagueño no pudo lancearlo en su recibo por la falta de recorrido, mimando al toro tanto que la suerte de varas quedó en mera anécdota. Realizó una labor correcta con algún muletazo aislado de buen trazo y pinceladas de su particular estilo, refrendando su actuación con un espadazo.
Ante el segundo de su lote, un toro muy blando que continuamente se caía, no pudo realizar faena. Sin embargo, a pesar de que apareció la lluvia durante su lidia, sí dejó ver su escenografía delante del toro.El segundo espada, el mejicano Alejandro Amaya, se encontró con un gran toro por nobleza, calidad, bondad y recorrido en su embestida. El astado era una máquina de embestir siguiendo los engaños siempre humillado y fijo en la muleta. En la faena hubo acoplamiento entre toro y torero, construyendo una obra de ligazón templada por ambos pitones.
Se le puede exigir más al diestro ante tan buen material, pero también es cierto que torea poco, y lo que debió ser un triunfo grande se quedó en una solitaria oreja. El quinto se rompió en el caballo y a partir de ahí se quedó parado en la muleta de Alejandro.