Buen ambiente en la segunda de Feria congregó el interesante cartel que anunciaba a dos figuras y la alternativa del ursaonense Ángel Luis Carmona.
El joven toricantano tomó la alternativa de manos de Manuel Jesús ‘El Cid' a las 19.14 horas en presencia de Manzanares y con todos sus paisanos puestos en pie. Le tocó en suerte un primer astado de González que tuvo movilidad pero desarrolló genio y nunca terminó de entregarse en la muleta de Carmona. Su faena fue discontinua buscando el acoplamiento en los medios, con algunos muletazos con la diestra destacables por su trazo y recorrido. Lo mejor la gran estocada en todo lo alto a un toro que brindó a su padre, en lo que fue un momento muy emotivo para el chaval.
El que cerró el festejo tenía algo más de carbón que todos los demás juntos, este si transmitía en la muleta de Ángel Luis que estuvo queriendo en todo instante. Se le vieron buenas formas y lo mejor es que dio muestras de superar la responsabilidad ante tan importante compromiso. Se colocó en el sitio aguantando las oleadas de violento con dosis de valor, a veces atropellando la razón por las ansias del que necesita el triunfo a toda costa.
El padrino de la ceremonia demostró una vez más que esta en un momento dulce de su carrera. El Cid se enfrentó a un enemigo que estaba falto de clase y que transmitía muy poco desde que saltó al ruedo, pero al que toreó con exquisita suavidad con el capote. Puso, Manuel Jesús, todo lo que le faltaba al toro y cuajó una actuación importante con la virtud de la paciencia y no dejando que su oponente topara nunca la muleta, que es lo que siempre quiso hacer el de Manolo González, que tiraba la cara arriba a mitad de cada muletazo. Su izquierda volvió a relucir con unos naturales muy templados.
El otro del sevillano era más soso que una ensalada sin aliño y, para colmo, tan blando como un flan, si le bajaba la mano se derrumbaba y si trazaba el muletazo a media altura se quedaba debajo de la taleguilla. El Cid lo intentó pero con esto era más que imposible el lucimiento artístico.
Manzanares no pudo lucir su clase ante el primero de su lote, un toro que tenía mucha guasa por lo complicado de su embestida. Siempre pendiente del toreo en cada momento, con una mirada de radiografía al alicantino. José Mari estuvo porfión con el, exponiéndole demasiado y haciendo un esfuerzo por sacar algo de un toro con malas intenciones. Era de esos que se quedan a mitad del muletazo, desarrollando peligro sordo y que no le gusta a nadie, al primero a su matador, pero el padrino de la alternativa estuvo por encima y superó todo eso con oficio.
El quinto, muy similar al cuarto, descastado, flojo y que tenía un viaje corto al que Manzanares dosificó en la muleta con su particular clase. Hubo un ramillete de derechazos con sabor, llenos de estética, lo suficiente para marcar la diferencia y abandonarnos del aburrimiento, pero sin poder redondear una gran faena por la embestida tan dispar del último de su lote.