El segundo novillo fue un lujo. Un carretón embistiendo. Para llevárselo a casa y seguir pegando pases. Con él se destapó El Payo, que iba camino de salir a hombros y cambió el destino por la enfermería. Son las dos puertas a que debiera aspirar todo aquél que hace el paseíllo en Madrid. Máxime un novillero.
En la novillada de La Quinta hubo de todo. Por presentación y comportamiento. Primero y tercero tuvieron aire algo asaltillado. Cariavacado aquél, de bajo trapío el tercero, por estrecho y pobre de cara. Tanto disgustó que los primeros lances se corearon con miaus de desaprobación. Con justicia.
Terciaditos fueron esos tres ejemplares. Sin embargo, al final fueron los de más y mejor son. En distintos grados. Superlativo el segundo, nobilísimo a más no poder. Un carretón en el ruedo. Templado el primero, al que faltó sin embargo pujanza. Fue a más el tercero, con mejor casta y son. Noble y templado. Los tres tuvieron una virtud principal: su fijeza.
Con el segundo novillo, de nombre Abejorro, explotó la tarde. De qué manera. Vino a explosionar un chaval mexicano que ya había llamado la atención poderosamente en Madrid. Octavio García, de apodo El Payo, se proclamó en septiembre vencedor del certamen ‘Ocho Naciones' en este mismo ruedo. Sin embargo, era novedad para la mayoría de aluvión que puebla San Isidro.
Camino de la puerta grande estaba el de Querétaro cuando se cruzó en su tarde un descuido. Un quite, una cornada en un achuchón por la corva y adiós triunfo. Cara y cruz en apenas una hora. También se cruzó en el camino de El Payo la espada. Con el brazo un poco atrás, sin querer entrar con fe, perdió las orejas del noble Abejorro. Tres intentos y otros tantos descabellos. Y adiós orejas. Ni la vuelta al ruedo le dejaron dar.
Sin embargo, ni la espada ni la cogida borrarán la sorpresa isidril que supuso encontrarse al joven torero. En novillero siempre, metido en el festejo antes, durante y después, El Payo se descubrió con un soberbio toreo de capa y un temple a la altura de pocos.
Hubo mucho y bueno con la capa. No perdonó un quite. Los lances de saludo, con el compás abierto o a pies juntos, estuvieron presididos por la cadencia y el vuelo mecido de la tela. A compás. También hubo temple en las numerosas réplicas y dúplicas. Variadas todas: por delantes, chicuelinas, gaoneras, tafalleras, rematadas con largas y medias primorosas. El remate en los medios, con dos lances de broche, dando el pecho y toreando con el cuerpo, deliciosos.
Ese segundo se lo permitió todo. Pero también lo intentó con el quinto, más cuajado. Se fue a los medios y allí lo recibió con una tafallera cambiando el viaje por la espalda. Sin probarlo. Templados nervios y corazón caliente.
Pero por encima de todo, quedó una faena buena y bella al famoso Abejorro. Tan templado toreó El Payo, que ni una vez tocó la muleta que tan bien manejó. La apertura, con sello mexicano, un cambiado ligado con otro de las flores, nuevo cambiado, el cambio de mano y el de pecho, puso todo a favor de obra. Sin prisa alguna.
El toro pidió siempre que lo llevasen por bajo. Arrastrando el morro hasta el infinito y más allá. Así lo llevó El Payo, que toreó mucho con los vuelos en series ligadas, acompañadas con cintura y muletazos de ajuste. Toreo a compás, lo llaman. Por lo despacio de los embroques y por la mecida del cuerpo.
Las series sobre la diestra pusieron la plaza cual olla a presión. Más importancia tuvo el toreo al natural. Porque ahí el toro fue todavía mejor y porque El Payo remató mejor los muletazos. Más suelto que sobre la mano diestra, esas dos series tuvieron miga y belleza.
Los tres hermanos de encierro tuvieron más cuajo que los primeros. No mal estilo, que no lo sacó el encierro. El cuarto, encastado, se vino abajo después de que le diesen lo suyo en el caballo. Más pasó con el quinto, que hizo pelea de bravo en varas pero al que no le dieron ni la distancia ni el sitio adecuado y que terminó pagando la sangría. El sexto, que hizo cosas feas de salida, quiso tomar la muleta por bajo a las primeras de cambio, pero acusó también dos largos puyazos. Se pasaron en el castigo.
Los compañeros de El Payo pasaron como si nada por Madrid. Pesó demasiado el golpe en la mesa del compañero a las primeras de cambio. Silenciados en sus cinco actuaciones. El salmantino Daniel Martín acudía convaleciente de una fractura en la mandíbula. No estaba para Madrid. Quiso pero no pudo. El sevillano Pepe Moral, triunfador el año pasado, no conectó de la misma forma. Menos fresco si cabe, pareció atacado por los nervios. Mucho gesto y voz.
Daniel Martín tiró de oficio pero le costó conectar una y otra vez con los tendidos. Sin quietud alguna en las tres intervenciones, pues tuvo que actuar por el cogido mexicano. Pepe Moral se mostró atacado más de una vez y no terminó de coger el aire al bondadoso tercero. Faena muy irregular, con algunos muletazos buenos, pero sin continuidad. Con muchas ganas, lo mejor fue su manejo de la espada.
Eso de que Jose Tomás es el numero 1...Bajo mi punto de vista hoy por hoy, no hay nadie con la capacidad de enlazar pases a CUALQUIER toro como El Cid. Y cuando vea a Jose Tomás toreando un Victorino en las ventas igual cambio de opinión.1saludo
Me ha gustado el novillero mejicano, y me ha recordado al José Tomás bueno, aquel del 92 que nos enamoró a los aficionados y no al de ahora, que retrasa la muleta y no sabe llevar a los toros de alante a atrás y vaciar la embestida del morlaco. Pues lo dicho, me he quedado con ganas de volver a ver al PAyo. Salud