Decepcionó Fuente Ymbro, y con ello, la Corrida de la Prensa. Lo hizo porque había puesta en ellas todas las expectativas, o casi todas. Junto con la corrida del 23, eran las dos marcadas con asteriscos. Los dos pilares de una feria de nota baja. Como sus resultados. Pero no quisieron los toros de Ricardo Gallardo sumarse a la fiesta.
La corrida, de preciosas hechuras e impecable lámina, salió dura, muy dura. Sin regalar apenas una docena de embestidas. Imponente en los caballos, donde la picó y dio candela. Mucha. La exigían los toros. En verdad, no rompió ningún toro. Tampoco se derrumbaron, ni tuvieron esa sosería bobalicona de hace dos años. Fue prueba exigente resuelta con firmeza y autoridad.
Para nadie es una sorpresa que Miguel Ángel Perera se encuentra en un momento dulce. Que lo ve todo y todo claro. Al toro bueno y al complicado. Sin orejas, sin premios tangibles, el extremeño dio la cara y resolvió con autoridad dos pruebas, distintas ambas, exigentes las dos.
El que hizo tercero fue el único toro con son de la corrida. Tomó ligeramente el vuelo en los capotes y descolgó en la muleta, tomando los vuelos y viniéndose de largo. Hasta cuando vino, que esa fue la clave. El toro se apagó muy pronto y, cuando no pudo más, acrecentó un molesto punteo al final del embroque.
Con él apostó Perera a torear. De largo se lo dejó llegar, con la muleta siempre por delante. Y atornilladas las zapatillas, que esa es característica del de la Puebla del Prior. De él tiró y por abajo trató de llevarlo siempre, cuando la tomó a buenas y cuando le costó al toro. Series ligadas en un ladrillo, toreo puro en redondo.
Con la zurda llegaron mejores momentos aún, intermitentes, porque el animal no tomaba la muleta ya con continuidad ni ritmo, y todo tenía que hacerlo el torero. Tirando de él. Como después sobre la mano diestra, ya metido entre los pitones. No se venía el animal de largo y había que provocarlo en base a toques y cites cortos. Lo hizo Perera, que dejó una serie de las buenas de verdad.
Antes de matar, llegó el primer recado presidencial. Todavía quedaban las manoletinas finales, con el toro más descompuesto. Eso y una estocada, algo desprendida, que tiró al toro sin puntilla. Se pidió la oreja, de forma mayoritaria, y se enrocó Muñoz Infante en el que no. Dando alegría a los reventadores de siempre, que como siempre, hicieron fiesta de todo cuanto pasó. No quiso dar la vuelta el torero, que se la había ganado con mucha raza y dando la cara.
Quizá pensaba Perera que el triunfo aguardaría al sexto, pero en este caso salió otro de los de carbón. Siempre defendiéndose, tirando derrotes al pecho, cuello y hasta la mejilla. Violento hasta decir basta, Miguel Ángel quiso probar como si fuese bueno. Se empecinó en una faena muy larga, intentando sacarlo de querencias y presentando la muleta muy planchada. Pero el toro no quería, y cada vez que se sentía obligado, hachazo que te crió. Sin pasar nunca en el embroque, fue una pelea sin enemigo, pues dos no riñen si uno no quiere. Aguantó firme Perera, que dio la cara en Madrid y mejora, aún más, su crédito.
El lote de Abellán fue muy difícil de digerir. El primero manseó tanto que parecía pregonado. Fue misión imposible picarlo, porque se iba de las caballerías como una gacela. Tampoco acertaron los picadores a taparle la salida, cuando sí que era necesario. Seis entradas al caballo, seis picotazos. En banderillas fue un diablo el toro. Cortó, esperó y se enceló con El Chano, que en su orgullo de banderillero aguantó y le sopló dos pares de aúpa. Ovación justa para el torero.
Abellán inició su labor con doblados de castigo, pero ni por esas entró el toro al tema. Se revolvió, miró, midió y repuso lo suyo. Sólo con una cosa buena: se le veían las ideas a las claras. Sudó tinta china Abellán, que se puso por ambos pitones y cuando vio que no había opción, se dobló antes de ir por la espada. El cuarto, además de no pasar, gazapeó de forma constante. Más incierto que el primero, tampoco se confió Abellán, que también comenzó por bajo y que después no terminó de meterse con él. Muchos enganchones, otros tantos descabellos.
A El Juli le esperaban, una vez más, con la escopeta cargada. En sus manos cayeron dos bombas de relojería. El que hizo segundo siempre lanzó un molesto tornillazo en cada uno de los viajes, y Julián intentó ponerse. A pesar del viento, el madrileño se lo sacó fuera de las rayas, donde el manso se hacía más fuerte. Un par de veces se le vino encima y muchas más falló El Juli con la espada, que se tiró a matar sin fe.
El quinto hizo una gran pelea en varas, con fiereza, pero nunca tomó la muleta. Indeciso e incierto, no transmitió el peligro que llevaba. Con mucho cuajo el toro, siempre midió, repuso y, como sus hermanos, derrotó lo suyo en cuanto le obligaron lo más mínimo. El Juli lo llevó tapado y le arrancó una serie por la diestra de mucho poder, ligando en redondo. Eso, y los remates por bajo, con varias trincherillas, fueron lo mejor de su faena, que tampoco remató a espadas.
Lo mejor de su actuación, un templado quite por chicuelinas. Cuando embrocaba la tercera, el toro se le vino al pecho, le tiró de una zancadilla y El Juli cayó en la cara. Frente a frente. Un capote milagroso hizo el quite y Julián remató con otros dos lances y una media muy buena. No había más.