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Perera asusta al miedo con una tarde de figura en Vitoria

MARIO JUÁREZ | Vitoria
06/08/2008 18:43
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Manzanares salió a hombros en el segundo festejo de Vitoria y la plaza lo hizo hablando de Miguel Ángel Perera. El torero extremeño, que sustituía a Cayetano, a quien las peñas preguntaron a golpe de canto dónde estaba, firmó una tarde de impresión, por su sitio, su valor a prueba de bombas, su firmeza sin rectificar un paso y su claridad de ideas. A final de año, será de las tardes que Perera recuerde al hacer balance. Tiempo al tiempo, que se dice.

Lo que Perera consiguió con el tercero está al alcance de pocos. Porque las figuras tienen la obligación de cuajar al toro bueno, pero marcan la diferencia con el malo. Y el tercero fue peor. Sin entregarse desde que salió por chiqueros, encelado a la defensiva en el peto, el toro de Román Sorando desarrolló sentido e instinto defensivo. En los muletazos por alto con los que inició su labor el extremeño el toro ya dio el primer aviso serio.

Después se puso imposible. Adelantándose, marcando y mirando siempre al torero, reponiendo por ambas manos, lanzando derrotes a diestra y siniestra, parecía que no había faena. Sólo quedaba la lucha. O doblarse con él y matarlo. Perera sorprendió a todos con su seguridad y aplomo. Sin perder los nervios, terminó Miguel Ángel asustando al miedo. Pero con una cabeza privilegiada. No fue una faena suicida. Fue de seguridad y aplomo mayúsculos. De estar en vilo, columpiándose siempre en el alambre, pero sabiendo los terrenos que se pisaban en todo momento.

Cuesta encontrar el momento en que Perera vio o intuyó que el toro podía ir. O quizá sea más lógico pensar que no lo hubo y que se tiró la moneda al aire sin paracaídas. Se puso una y otra vez por el pitón derecho y aguantó viajes, tratando de bajar la mano y someterlo con su poderosa muleta. Hubo veces en que fue necesario perder pasos. El toro se volvía como una lagartija impaciente.

Pese a todo, Perera le terminó encontrando el punto, a base de no rectificar. Y consiguió sacarle una tanda al natural con cuatro muletazos por abajo, ligados y de largo trazo. Pudo parecer incluso que el toro embestía. No era así. Hasta por el pitón derecho sacó muletazos al final de su labor. No hubo profundidad porque no caía esa posibilidad. Tampoco lucha o tragedia. La fuerza de la razón y un par de razones más que poderosas le ratificaron, aun más, como figura. Esas son las faenas que marcan la diferencia.

En cualquier plaza con sensibilidad, a Perera le habrían dado las dos orejas. Se le pidió el doble trofeo también en el sexto, un ejemplar que duró un suspiro y con el que Miguel Ángel tuvo que levantar una faena pesada como una losa. No había emoción alguna en el animal, que se tragó las dos primeras series por el pitón derecho, en las que el extremeño lo llevó cosido, sometido y templado, dándole siempre las ventajas.

Cuando el toro se paró, Perera se metió entre los pitones. La testuz del de Román Sorando llegó a chocar contra uno de sus muslos. Miguel Ángel pareció jugar con él en una faena muy ojedista. Penduleando, colocando al toro asomando la muleta por la espalda, los circulares en rizo, los de pecho y los adornos hicieron estallar la plaza. En pie se aclamaron cada uno de los remates. Cayó el toro tras la estocada y cayó la oreja, pero Perera se mereció salir a hombros con suficiencia y autoridad.

Lo hizo Manzanares, que sorteó en primer turno el mejor toro de la corrida. Un ejemplar bajo y muy bien hecho, que tuvo temple y clase en sus embestidas. Con las fuerzas justas, el toro pedía caricias, y Manzanares, tocado por la varita mágica del gusto y el empaque, compuso en una faena de mucha belleza. Casi siempre en la media altura, Manzanares se gustó en el inicio, en pasajes por la diestra y en los adornos finales.

Conservador el torero, quizá porque el animal había claudicado alguna que otra vez, no se arriesgó con esa serie de las de crujir al animal. De las rotas y profundas de verdad. Hubo mucha belleza en esa faena, pero faltó ese algo más. La estocada de remate fue magistral y el presidente le dio dos cariñosas orejas.

El quinto no le dio opción. El marmolillo se paró en el caballo y no hubo una arrancada en la muleta, así que Manzanares abrevió. Tampoco dio muchas facilidades el que abrió plaza, un ejemplar bien hecho pero un punto descoordinado. Desde que lo recibió Julián de capa, el toro mostró un defecto en los delanteros y se defendió continuamente. No era falta de fuerzas, pues no se cayó. Era motricidad.

El Juli estuvo más que suficiente con el toro. Tapándolo y llevándolo con solvencia y autoridad. Sin embargo, no terminó de calar en los tendidos, hoy más atentos a la corrida que ayer.

El cuarto fue un toro de preciosa lámina que tuvo un gran inicio. Grande fue el saludo de capa de El Juli a la verónica, con un manojo de lances templados y de bello trazo; y grande la larga con la que remató un ceñido quite por chicuelinas. De las de enmarcar.

El Juli, arreado tras el triunfo de Perera, brindó en los medios y le dio muchos metros al toro desde su inicio. Pensaba que podía responderle y lo reventó literalmente en dos series de mano baja. Las de más hondura de la tarde. A partir de ese momento, el animal comenzó a defenderse y a puntear, no aguantó el envite, y El Juli tiró de raza. Por encima de él en todo momento, dándole sitio por ambos pitones, rematando incluso con un desplante. Atacó Julián con la espada y pinchó a la primera. Después se fue atravesada la espada y por eso se enfrió todo. 

FICHA DE LA SEGUNDA DE LA FERIA DE LA BLANCA EN VITORIA

Vitoria. Miércoles 6 de Agosto. 2ª de Feria. Casi Lleno.

Toros de Román Sorando, correctos de presentación aunque desiguales de hechuras. 1º, flojo y bajo de raza. 2º, noble aunque flojo. 3º, complicado. 4º, manejable. 5º, rajado. 6º, deslucido.

El Juli
, silencio y silencio tras aviso.
José María Manzanares, dos orejas y silencio.
Miguel Ángel Perera, que sustituía a Cayetano, oreja tras aviso y oreja tras aviso y petición de la segunda.
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