Dos toreros muy buenos terminaron levantando una tarde en la que no rompió la corrida. Demasiado escogida, excesivamente terciada en algunos casos, ninguno de los seis Cuvillos terminó sacando el fondo tan típico y tan bueno de la ganadería. Hubo un toro con clase extraordinaria, el tercero; uno para apostar en bueno, el cuarto; y otro con movilidad y cierto fondo, pero algo pegajoso, como el sexto. Sin embargo, ninguno terminó de romper como se esperaba.
Así pues se vivieron varias faenas de alto nivel con varios medios toros. No entran en el cupo las de Finito de Córdoba, quien cumplió con ese papel de telonero de lujo que ha adquirido. No se dio coba en el primero, un toro molesto y algo mirón, que en cuanto lanzó un amago de derrote hizo pegar un respingo al de Sabadell de aúpa. Tampoco aprovechó al cuarto, un toro de buen fondo pero al que había que buscar, al que había que provocar y al que había que llevar. Lo de Finito fue de zapatillazo, del sí pero no, del parece que me pongo pero me quito. Al final entró la espada y se llevó una oreja. De muy bajo nivel.
José María Manzanares se llevó cuatro orejas y José Tomás paseó tres. Ambos salieron a hombros del coso de Santa Margarita y la gente hablando de toros por la calle. Mejor dicho, de toreros. Toros hubo pocos, por ejemplo, el lote de José Tomás fue de nivel ínfimo. El primero porque se rajó y paró en un suspiro y el quinto porque fue desarrollando mal estilo a medida que avanzaba el reloj. Adelantándose por ambas manos, sin emplearse nunca, revolviéndose con instinto felino, fue una prenda.
Manzanares sorteó el lote de la tarde. Con un toro bueno, muy bueno. El tercero. Con el celo justito, el fondo al límite, pero mucha clase y la virtud de querer coger siempre la muleta. Bajo de hechuras, un tacazo, de pelo albahío, las palas blancas, no falló. El sexto tuvo la virtud de la movilidad, pero exigió que siempre lo llevasen muy empapado en la muleta. Cuando no veía engaño el animal se indisponía. Así que fue prueba de nivel.
La superó con creces Manzanares en una faena de mucho gusto, técnica, poso y empaque. Dicho sea, tanto Tomás como José Mari derrocharon a lo largo de la tarde una gran dosis de técnica y temple. Para hacer lo justo en el momento preciso. Después, cada uno imprimió a su labor su concepto: José Tomás tiró de pureza y Manzanares de empaque. Dos estilos distintos, tan complementarios en una tarde de toros.
José Tomás estuvo muy firme con sus dos toros. El primero presentaba una ecuación difícil de resolver. La propia de los toros sin fuerzas: si le bajas la mano se caen, si la levantas protestan, y en la media altura, enganchan. Tomás consiguió llevarlo muy templado sin que el toro tocase la muleta. Por los dos pitones, después de un saludo a la verónica de cante grande, lances de bragueta. Quizá el toro hubiese respondido mejor con algo más de sitio, pero José Tomás se quedó muy quieto, cito muy firme, siempre dio el pecho y los frentes y al final metió al toro en el canasto.
El final fue de escalofrío. Por lo cerca que se pasó al toro, el mínimo espacio en el que tocaba y embrocaba y lo largo que salieron los muletazos. A pies juntos. Funcionó la espada y cayó la primera oreja. Sin excesos del palco, como ayer.
La otra se la cobró Tomás del quinto después de exponer mucho con mucha lógica. A ese toro lo saludó con una docena de verónicas hasta los medios. Pareció descolgar y tener buen son el toro. Un espejismo malo. Nada más quedarse con el torero en la muleta comenzó a adelantarse, indisponerse, volverse y derrotar. Tomás lo aguantó sin inmutar el rictus, presentó las más de las veces la muleta por la mano izquierda. Aquí hubo más enganchones, propios de la violencia del toro, que no de los tirones bruscos, que no hubo.
Como si tal, José Tomás se quedó quieto, trató de embarcarlo de largo y vaciarlo bien, aunque el toro no siempre quiso. El colofón fue el que tenía que ser en Linares. Por manoletinas. Tan ajustadas o más como el quite por gaoneras que había dejado antes.
Manzanares toreó con mucho gusto y temple en dos faenas de cante grande. Al noble tercero lo toreó muy despacio en una faena que fue siempre a más, a mucho más. Con ese don de los privilegiados, hubo muletazos que fueron auténticos carteles de toros. Como el cambio de mano que hizo al rematar la última serie para entrar a matar. Una antología del toreo cambiado en un instante a cámara lenta.
Pero hubo más, mucho más en esa faena, que fue larga y tuvo dos partes. El toro andaba con el depósito justo y Manzanares trató de aguantarlo. Por eso ganó en intensidad a medida que pasaron los minutos, cuando Jose Mari fue rompiéndose más y más. Empezó a lo grande en un par de series por la diestra y terminó todavía más con una en redondo de poner los vellos de punta. Fue rácano el premio de una oreja.
El sexto fue prueba de nivel. Y Manzanares tuvo la virtud de no aburrirse nunca. El toro reponía y se venía con todo y rápido, y Jose Mari tuvo la paciencia para ir dándole tiempo y ‘domándolo' y la virtud de dejarle la muleta siempre puesta para que mantuviese el celo y continuase el muletazo.
No fue una faena rotunda porque no era toro para ello. Incluso hubo momentos en que la cosa se atascó un poco, más por la condición del animal que del torero. Pero hubo mucho y muy bueno. Con muletazos al natural a cámara lenta, series enganchadas y rotas por abajo, toreo ligado y con cabeza. Y sobre todo la ambición de querer y querer más. Y un espadazo, claro. Para pasear dos orejas como dos soles.