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Carta abierta sin palabras

Natural de Perera en Valladolid. Foto: SANTOS LORENZO.
MARIO JUÁREZ | VALLADOLID
12/09/2008 20:15
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Querido Miguel Ángel:

Hoy has conseguido lo que nunca debería ocurrirle a un periodista. Que me quede sin palabras para describir lo que he visto. Sé que ha habido faenas más rotundas, más importantes, por la plaza o los toros, pero un día tan completo y tan importante lo dudo, por muchas cosas. Hoy has conseguido que en algún momento brotase una pequeña lágrima no sólo por mi mejilla, sino por la de muchos de los que tenía a mi alrededor. Que la emoción brotase en Valladolid a raudales, como una fuente auténtica, pura, de toreo del bueno, del emocionante, con el toro bueno y con el menos bueno; de valor, de seguridad, de firmeza, de aplomo. No sé de cuántas cosas más.

Hoy sólo soy capaz de escribir desde la emoción. También desde la admiración que provoca el que seas capaz de remover sentimientos y emociones que, como periodista, pocas veces terminan aflorando. Pero es que ahora mismo tengo tal cúmulo de sensaciones, de momentos intensos pasando y agolpados en la mente y la retina, que es difícil sintetizarlos y explicarlos en un texto de urgencia. Sería demasiado osado, también.

Creo que a estas alturas nadie duda de que eres el torero de la temporada. Y de muchas, porque como aquí ha quedado escrito alguna vez, yo no recuerdo en los últimos lustros un torero tan arrollador de principio a fin de una campaña. Ni siquiera alguien que después de arrasar por Madrid, Sevilla, Valencia, Pamplona, Bilbao, Nimes y Barcelona esté ahora más fresco y más rotundo que hace seis meses. Parecía que estaba todo visto y, sin embargo, no se adivina techo.

Me dices que estás feliz porque estás llegando a ser el torero con el que siempre soñaste. Lo dudo. Tengo la seguridad que, si los toros respetan, vas a ser más que eso. Por la seguridad, el aplomo, la cabeza, la ambición, la firmeza, el valor, la rotundidad y tantas cosas más. Porque vale el toro bueno, el menos bueno y el malo. Porque más allá de la borrachera de orejas, importa el poso. Y ese, esa huella, dejada hoy en Valladolid, como tantos días en tantas plazas, ha sido muy profunda.

No soy capaz de relatar la importancia de la faena al sexto toro, un ejemplar bueno, de buen fondo si, pero muy bien administrado y pensado. Todo por el toro. Un rasguño a caballo y todo a cara o cruz para la muleta. Ni un capotazo de más. Y entonces comienzan a agolparse los recuerdos a vuelapluma, sin libreta. Me hizo botar un cambio de mano apoteósico ligado con una serie de muletazos rota, por abajo, como olvidándote de todo. Jugadas las muñecas, sueltos los hombros, firme la planta, no sé que más decir.

Y se agolpan las series dejándote venir al toro siempre de largo, dándole esa alegría y esa boyantía que, de haber querido ponerse encima, no hubiese existido. O la manera de abrir faena, por alto y esa madeja de muletazos variados, también con cambiados, por bajo, el de pecho, para plantar la cosa en los medios. Y citar allí, y desde allí tirar en series de seis, siete y hasta nueve muletazos que conté, a cada cual de mano más baja, más rotunda, más encajado, más profundo, más Perera.

Recuerdo que al toro le costaba algo más atacar con la zurda, que incluso hubo que perder pasos un par de veces, pero también que cuando se encontró la distancia y el tempo justo, brotaron muletazos larguísimos, casi a cámara lenta. Me acuerdo de una faena larga, porque hasta tres o cuatro veces escuché el solo de Nerva con el que atacó la banda. Pero no se hizo pesada la cosa. Y recuerdo también que salió todo y cómo salió. La fantasía de ese cambio de mano, un pase de las flores, los circulares ligados en ocho, los de pecho, los muletazos por bajo, los penduleos. Hasta las bernadinas sin rectificar un palmo.

Sólo me dolió una cosa, imagino que no más que a ti. El que pinchases al toro y no lo matases como al primero, de un espadazo a la primera. Habría caído el rabo. Pero son tantas las sensaciones que viví, la emoción de ver a una plaza entera en pie aclamando a un tío que acababa de vaciarse de esa manera, que estoy convencido de que los trofeos son lo de menos. Aunque cayesen dos orejones como dos soles.

Seguro estoy de que todo el mundo hablará de la segunda faena. Es lógico y normal, pero no me parecería justo que eso hiciese olvidar la primera. Porque ahí llegó la dimensión con el medio toro y además malo. Porque el de El Puerto fue de esos que engañan, que aprovechando la inercia del viaje de largo tomaba el primer muletazo, pero al segundo se quedaba debajo, al tercero se metía por dentro y el cuarto lo tenías en el pecho.

Pasé miedo en esa faena. Porque se veía a un torero tan seguro que nunca se le movió ni una ceja. Porque incluso por no perder pasos tocó cobrar en una voltereta muy fea. Y porque todavía me sorprende cómo, después del cate, de lo molesto que se puso el toro, conseguiste sacar un par de muletazos por el pitón derecho, dos series después, que duraron una corrida entera cada uno de ellos. Pienso todavía que estaba viendo la corrida en una repetición a cámara lenta.

Sé que esa faena no fue tan compacta, tan ligada ni siquiera tan limpia como la última. No era el mismo toro, y eso es lo que hay que tener en cuenta. Pero tengo serias dudas de que, en este momento, el 99% del escalafón hubiese metido en la canasta de la misma manera a ese toro. De superar aquello, casi ni lo pienso. Porque hay dos razones de peso que imagino se alimentan de afición, de trabajo, de constancia y de sueños, pero que es muy jodido que respondan cuando toca hacerlo a cara o cruz.

La manera de arrollar tan contundente dejó casi en blanco a los compañeros, pero no me gustaría olvidarme de ellos. Porque El Juli dejó algunos lances preciosos de capa con el cuarto y vio como se aplomaba el toro después con muy poquitas opciones, más que la de arrimarse en esos penduleos tan clásicos. Sin embargo me acuerdo que se tiró a matar sin fe ni pasando el fielato, y que cayeron un chorreón de pinchazos. Y me acuerdo a vuelapluma de que anduvo fácil y sobrado con el flojo primero, que terminó topando sin pasar una vez.

Y se me vienen a la cabeza buenos muletazos de Manzanares con el quinto, un toro de buen son en la muleta, que se había emplazado antes. Pero el toro embistió después muy despacito y así lo toreó Manzanares, por ambos pitones, con empaque y a compás. Aguantando cuando tocaban las pausas del toro y atacando después, con algunos muletazos bellísimos. No hubo nada de eso con el segundo, un toro que escarbó, que se quiso ir y terminó rajado y distraído.

Sin embargo, el cúmulo de sensaciones de tercero y, sobre todo, del sexto, acaparan todos los pensamientos tan revueltos minutos después de lo que he visto. Seguramente porque estoy convencido de que no es fruto de un día, sino que es un día más, y que lo más grande está todavía por llegar.

Atentamente, 

FICHA DE LA SÉPTIMA DE LA FERIA DE VALLADOLID

Valladolid. Viernes 12 de septiembre. 7ª de Feria. Casi lleno.

Toros de Puerto de San Lorenzo, terciados los tres primeros y mejores los tres últimos. 1º y 2º mansos y descastados. 3º incierto y complicado. 4º desrazado. 5º manejable. 6º bravo.

El Juli, palmas y palmas tras aviso.
José María Manzanares, saludos tras aviso y oreja.
Miguel Ángel Perera, dos orejas y dos orejas tras aviso. 
 
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