Dicen que la Historia la escriben los vencedores, no los vencidos. Hoy los primeros escriben también esta crónica. José Tomás y Barcelona. Hechos son amores y no buenas razones ni envenenadas declaraciones institucionales. Por eso, la historia ha sido justa con los dos. Barcelona, de la mano de su torero y salvador, cerraba un ciclo y ganaba una batalla de más de cuatro años cuando Idílico tomaba de regreso al campo la puerta de toriles.
Vendrán muchas más, seguro, pero sólo quienes han mamado día a día desde dentro el problema y sufrido en sus carnes el apartheid político/animalista darían auténtica dimensión y significado a un sueño que dura más de dos años y hoy llegaba al clímax.
Pueden imaginar lo que les suda a éstos si el indulto fue o no fue, al 90 o al 100% que dice Corrales. Hoy pesaban más los sentimientos, la emoción y la única expresión que, en silencio, era capaz de remover y hacer vibrar a veinte mil almas que como resortes botaban a un tiempo de su asiento: EL TOREO con mayúsculas. Y su música callada.
La Historia ha sido justa también con el torero más grande de muchos años y muchas épocas. Merecía José Tomás un final así, merecía esa apoteosis que entroncara directamente con el principio de todo, con aquel 5-J en Madrid.
Aquella tarde y aquellas dos faenas dieron categoría y altura a la reaparición un año antes precisamente en Barcelona, donde hoy ha puesto broche de toreo eterno. A peligro de sonar apocalíptico, da la sensación de que Tomás ha cumplido también en Barcelona un ciclo. El primero de una de las reapariciones más sustanciales y rotundas jamás contada. Otro más en una carrera cada vez más dilatada e inmensa. Y los que le queden.
Por eso merecía Tomás terminar a lo bestia. Merecía que le embistiera un toro como lo hizo ese cuajado castaño de Cuvillo y el buen fondo de este quinto merecía un torero que lo supiera lucir y cuajar como lo hizo el madrileño. La conjunción. El toreo.
El toro tuvo mucha calidad, duración y nobleza, sobre todo por el pitón derecho abriéndose y yéndose lejísimos. El imán de la muleta de Tomás hizo el resto. No le enseñó nada más que trapo, lo tocó perfecto y sutil, enganchó adelante y lo cuajó en series de muletazos inenarrables. Hondos, puros, perfectos, acompasados, rotos.
Recordó en muchos momentos al mejor Tomás de la primera época, menos afectado, más vertical, relajado y natural, desmayado casi al final. La faena fluyó como si hubiera sido ensayada. Se fundían toro y torero mientras la plaza rugía. Emociona sólo recordarlo, pero así se sucedían las series mientras la faena crecía y crecía.
Probó con la izquierda entonces, con idénticas premisas de entrega y sinceridad. El toro no era igual por ahí y perdió limpieza el trasteo aunque hubo también naturales de cuento. Mágicos. Sonó un aviso y Tomás seguía toreando, la plaza pidió el indulto y el presidente terminó concediéndolo, sugestionado también por el embrujo del toreo de José Tomás. El toro y el ganadero le deben una al genio de la lámpara.
Lo demás fue todo en tono menor, salvo el toreo a la verónica de José Tomás al toro indultado. Pata a’lante, suerte cargada y capote al viento. Grande, como las comprometidas gaoneras a su primero. La faena a éste, estuvo condicionada por la falta de transmisión y empuje del animal aunque José Tomás dominó perfectamente la escena. No permitía la ligazón el toro y el torero se esmeró en la colocación, enfrontilado siempre. El final por ajustadas manoletinas acabó de convencer a una plaza entregada que le abrió el camino.
El catalán Serafín Marín no se dejó impresionar, puso ganas y trató de tú a tú a Tomás, replicándole en quites y haciendo por remontar en casa una temporada marcada por las desgracias. Su primero fue un animal manejable aunque sin chispa con el que el de Montcada firmó alguna serie estimable al natural sin conseguir que la faena prendiera.
El ensabanado sexto fue un toro con clase y fondo cuando se le rompía por abajo. La trampa era que las fuerzas no le acompañaban por lo que no siempre pudo exigirle Marín. Las veces que lo consiguió sin que se derrumbara el animal le valieron el trofeo. A Esplá ni está ya ni, la verdad, se le esperaba. Convidado de piedra hoy, pasó de puntillas por una Barcelona que le consintió y mucho en dos faenas ligeras y aliviadas a dos animales toreables.