La cuarta de Fallas fue una película propia del mismísimo Hitchcock hasta que asomó el quinto novillo. No hubo tregua durante más de una hora y la tensión sólo amainaba en los entreactos.
Los sustos no se hicieron esperar y el primer novillo volteó de salida al debutante Antonio Hernández, que con casi 30 años y sin bagaje alguno entraba en Fallas merced a una de esas 'oportunidades' que brinda Serolo en estas novilladas de feria.
Hernández, hijo de un romántico matador local apodado El Melenas, terminó de la peor forma: sin pegar un muletazo y con un cornalón de miedo. Sucedió cuando comenzaba faena en los medios. Presentó Antonio la muleta a la distancia, el novillo se vino con fuerza y después se venció al llegar al embroque atravesándole a velocidad de crucero.
El 'tabaco' se hizo visible en décimas de segundo tiñiendo de burdeos la blanca taleguilla. Ahí, se impuso la cordura de los banderilleros que le transportaron raudos a la enfermería, conscientes de la gravedad y a pesar de la insistencia de Hernández, gesticulante y romántico como el padre, por seguir en el ruedo.
La novillada de Hermanos Torres Gallego, hechas las excepciones no demasiado honrosas de los manejables quinto y sexto, fue dura sin terminar de parecerlo, lo que todavía es peor. No lo fue por encastada y combativa sino por lista, mirona, andarina, buscona y defensiva. Esos cuatro primeros animales exigieron oficio, firmeza, agilidad de piernas, decisión en los toques y hasta el otras veces antiestético zapatillazo. Para los novísimos Carlos Durán y Adrián de Torres fue sin duda un trago y a buen seguro que también una sorpresa negativa de parte de una vacada que presume de genealogía agradable.
Carlos Durán se definió como un torero más batallador que estilista. Plantó cara a primero y tercero sin terminar tampoco de domeñar la situación. Adrián de Torres, que resultó volteado sin consecuencias, se empeñó en no salirse de su patrón con segundo y cuarto, dos novillos más de guerrear y doblegarlos que para intentar el toreo fundamental largo, pausado y ligado.
El sexto dejó estar al novillero jienense y ahí sí pudo presentarse al público valenciano como un torero a seguir, dibujando buenos muletazos a diestra y siniestra y componiendo con gusto. Valiente, sereno, relajado.
Pero quien paseó la única oreja del improvisado mano a mano fue Carlos Durán. Oreja amable de un público amable con los toreros como el valenciano. El novillo fue, junto al sexto, artífice de un final tranquilo y semifestivo a una tarde de drama y sobresaltos. Durán, que levantó la faena cuando acortó las distancias, tampoco logró encandilar.