La feria de la Magdalena se guardaba la mascletá final. La gran traca, la primera explosión de la temporada. Y Perera llegó con la pólvora preparada. Dispuesto a hacer más ruido que los atronadores fuegos artificiales que han cubierto el cielo de Castellón en la última semana... e incluso de las Fallas valencianas. De esas de las que se quedó fuera de los carteles.
El extremeño ha comenzado el nuevo año con las pilas cargadas. Tan fresco como acabó el 2008 y como se mostró en la temporada americana. Cuatro orejas y un rabo y triunfador de la feria. Primer aldabonazo. Y lo ha hecho tras dar todo un golpe de autoridad con sus dos toros de Vegahermosa, cuyo encierro ha sido un petardo gordo en cuanto a presentación. Todos muy terciados, de pobre cornamenta y anovillados. Cornicortos y algunos sospechosos de pitones.
Con ellos, Perera triunfó y consiguió dar la vuelta a una tarde en la que casi todas las miradas del público generalista estaban puestas en los hermanos Rivera. E incluso de los fotógrafos, que apenas se detuvieron unos segundos con él en el momento del paseíllo. Miguel Ángel se limitó a hablar en el ruedo. Como debe ser.
Su primer toro fue un animal de pobre presencia, demasiado terciado, y que resultó manejable aunque soso en su embestida. Tras un recibo a la verónica a pies juntos, Perera ya dio muestras de sus intenciones con un quite por tafalleras. Con mucha quietud. Ya con la muleta, el de Vegahermosa se dejó torear. Sin demasiadas complicaciones pero sin continuidad.
La faena tuvo dos partes y en ambas Perera manejó a la perfección los tiempos y la distancia. Al principio, cuidando al toro, a media altura y dándole sitio. Acoplándose con él. Muy molesto por el viento, hubo varios enganchones. Nada que le hiciese perder los nervios, creyendo en lo que estaba haciendo. Al natural, todo tomó otro cariz. Porque a base de temple y de saber dar los toques necesarios, se gustó en varios naturales de mucha despaciosidad. A pesar de un desarme
Al toro le faltó romper a bueno. Más transmisión. Pero la puso Perera, robándole pases de uno en uno. Varios con profundidad. Ya al final, con el torito parado, se metió entre los pitones para terminar de calentar al público que le pidió con fuerza las dos orejas tras una estocada desprendida y tendida.
El rabo le llegaría en el quinto, el más complicado de todo el encierro, también de pobre presencia pero con los pitones hacia arriba. Finos pero en posición amenazante. Y que salió sin fijeza y lanzando derrotes. Muy temperamental. Pocos apostaban por el de Vegahermosa. Perera, sí.
Y el extremeño se la jugó. Primero en tres tandas por el pitón derecho, en las que fue cogiendo el pulso y los toques necesarios, estando a punto de ser prendido. El toro no se lo ponía fácil pero todo fue a más. Por el izquierdo, el toro era aún más incierto. Lejos de cambiar de mano tras un desarme, se empeñó en torear al natural. Por ahí aguantó parones y miradas desafiantes. Y con rotundidad, logró encadenar muletazos llenos de poderío.
Con la plaza en ebullición, Perera se pegó un último arrimón. Con cabeza y sin aspavientos. Muy seguro. Tras una estocada entera, se desató la locura general. Dos orejas de ley y un rabo un tanto generoso.
Perera se convirtió en el nombre propio de una corrida en la que Cayetano paseó un apéndice. Inseguro y a merced del deslucido primero, con el que no se comprometió y anduvo más afianzado con el mansito y terciadísimo sexto, que derribó en varas y al que castigaron en exceso. La faena de muleta anduvo entre el temple y la fragilidad.
El mejor toro de la tarde fue a parar a manos de Rivera Ordóñez. Un extraordinario animal con una gran nobleza y más clase, mucho mejor que el manejable primero. Y con los dos, Rivera se empeñó en volver a dejar mal al Ministro de Cultura.