Volvía Frascuelo a Madrid, y los incondicionales le sacaron a saludar. Fue la única vez en la tarde que el veterano madrileño escuchó las palmas en una tarde en la que es probable que los sueños dijesen adiós. Entre Frascuelo y Madrid siempre ha habido un romance, pero hoy llegó el divorcio.
El toreo siempre se ha alimentado de ilusiones y sueños, y es digno de admirar que alguien con los sesenta cumplidos siga soñando con el triunfo y el ser figura del toreo. Es lícito, romántico y hasta bonito. Pero alguien debería poner siempre los pies en el suelo. Su entorno, y si no, la empresa.
El veterano Frascuelo no está para estos trotes. El año pasado se llevó un cornadón de caballo y cuando volvió en otoño se vio sin facultades. Y hoy, varios meses después, peor. Es injusto y doloroso que los árboles no te dejen ver el bosque, pero a Frascuelo no le dieron una oportunidad, le prepararon una encerrona.
Para más inri, los dos únicos toros que valieron de una deslucida corrida de Adolfo fueron los suyos. Uno primero con una importante embestida por el pitón derecho y un cuarto que, a pesar de que lo machacaron en el caballo, respondió y bien en la muleta.
Con ninguno de los dos estuvo cómodo el veterano Frascuelo. Quitándose, sin poder irse cuando los animales apretaban, a Carlos se le vio pasar un mal rato. Sobre todo por la impotencia del no saber qué hacer.
Desgraciadamente, los sueños, sueños son. La realidad es bien distinta y tozuda. Y la salida bajo almohadillas y protestas, sólo invita a pedir un poco de cordura a todos los responsables.
La tarde no tuvo más historia, fundamentalmente, porque Adolfo volvió a pinchar en Madrid. De los cuatro toros restantes, los dos primeros, muy chicos y sin trapío, se apagaron como una mecha mojada en cuanto llegaron a la muleta. De los dos últimos, uno fue a los corrales y el sexto debió seguir el mismo camino. Lo aguantó Trinidad (quién si no) y se espanzurró por el suelo en el primer muletazo. Adolfo también persigue un sueño, pero se ha ganado un descanso más que necesario de Madrid.
Rafaelillo y Valverde apenas tuvieron opciones de nada. Tesoneros, intentándolo, es muy difícil que con un mulo o un inválido se pueda decir nada. El murciano lo intentó con su lote, aguantando los viajes del complicado segundo, que siempre se defendió y puso la cara por las nubes, sin terminar de pasar. Con el quinto, un sobrero tris de Araúz feo y abueyado (de tipo y comportamiento) no tuvo más que abreviar.
Valverde intentó llevar por bajo al tercero, un toro aplomado y sin emoción alguna, que desató las primeras protestas y los gritos de ¡Adolfooooo que ascoooo! Desde el tendido. Al inválido sexto trató de mantenerlo en pie, toreando a media altura a un ejemplar que, sin revolverse, no tuvo emoción alguna. Lo mejor del salmantino fue su efectividad con la espada, y un buen quite al quinto a la verónica.
A pesar de ello, lo mejor de toda la tarde fue un gran tercio de banderillas de Luis Carlos Aranda. Cuando uno imagina que no debe ser agradable enfundarse el vestido y hacer el paseíllo en la plaza que tantas veces vio saludar a su padre, el hijo de Manolillo de Valencia le homenajeó de la mejor manera: dejándose llegar mucho al de Adolfo, sacando los brazos en el momento justo, asomándose al balcón y dejando cuatro palos en todo lo alto. De premio.