Si la buena de María de la Encarnación hubiera asistido hoy a los toros, estaría tranquila. El pasado jueves, en un pequeño pueblo de Granada, la Alquería de Galera, fue atacada por un burro en celo. Todo es posible en Granada, dicen. Ataque por la espalda, mordeduras en la cabeza y todo lo demás. Ingresada en el Hospital, la buena de la anciana se recupera satisfactoriamente. Y a día de hoy, lo único que saben los médicos es que el borrico no era de Torrehandilla.
Y es que la corrida que cerraba los festejos a pie de Granada fue insufrible. Por todo. Por el calor, sofocante, y por una corrida de Torre...basurilla. Ni los lagartos tenían narices a aguantar hoy en Granada, y bien que lo hicieron. Tardes así son para aparecer por cualquier sitio menos por una plaza de toros.
El encierro estaba podrido. De raza, de fuerza, de casta, de todo. Horrorosa de principio a fin. Algunos toros tuvieron clase, cierto, pero la clase sola no torea ni embiste. Y el espectáculo dantesco de ver a los torillos rodar como peonzas o, peor, echarse sin pudor alguno, es irritante e insoportable.
Así las cosas, uno de los carteles más rematados del ciclo se estrelló por culpa de los toros. En una feria en la que tantos y tan bien han embestido, el petardo fue mayúsculo. Máxime tras la resaca de la buena corrida de Cuvillo lidiada ayer.
Morante, El Fandi y Perera tiraron de ganas. Pero dos no torean si el buey no embiste, y en este caso, ni uno sólo aguantó el tipo. Algo más duró el quinto, de Torreherberos, que al menos tuvo fuelle para pegarse dos o tres carreras antes de aplatanarse como sus hermanos. Y tuvo fondo bueno el de Gavira, pero las fuerzas y la raza tan al límite que daba más pena que emoción. Los tres primeros de Torrehandilla se echaron antes o después a sestear, y el sobrero, jugado en sexto turno, fue un borrico no tan encastado como el de la buena señora de Galera.
Morante sólo pudo dejar chispazos de inspiración y personalidad. Detalles en el saludo de capa de sus dos toros y en muletazos por ambas manos tratando de que el de Gavira no se derrumbase. Hubo personalidad y gracia en los remates y salidas, más no asiento. Tampoco importaba en una corrida tan desastrosa.
El Fandi, que celebró su cumpleaños en la merienda, con tarta y cumpleaños feliz incluído, apenas pudo pescar de regalo una oreja del quinto. El de Torreherberos duró más que los otros cinco, y todo fueron dos series.
Pero Fandila puso la máquina a funcionar. Se había gustado toreando a la verónica al segundo y salió a todo gas con el quinto. Lances de rodillas, un tercio explosivo de banderillas y una faena en la que comenzó toreando despacio y bien con la diestra -a media altura claro- para rematar con fiesta para los tendidos: circulares, desplantes, molinetes y todo el repertorio. La espada cayó algo atravesada y por eso hubo de descabellar. Si no, le piden las dos orejas. Pero ni siquiera una evita la ruina de tarde.
El primero de Perera se derrumbó de salida y se fue a los corrales. Corrió turno el extremeño y el sexto debió seguir el mismo camino. Perera hizo de enfermero con un inválido. Se quedó quieto y no pudo rascar nada, porque no había de dónde.
El sexto duró medio suspiro antes de pararse y embestir de forma bueyuna. Perera lo paró a pies juntos y quitó por gaoneras quedándose quieto. Así continuó la faena de muleta, un trasteo largo en el que tiró con sacacorchos para robar muletazos a un toro sin emoción alguna. Por encima de las circunstancias, sin enemigo posible en frente. Al menos si hubiera sido el borrico que atacó a María de la Encarnación, la cosa habría tenido su emoción.