La de Dolores Aguirre en Pamplona, cita tradicional de cada sábado de San Fermín, fue mucha corrida de toros. Por presentación, cuajo, seriedad y motor. Fue corrida movida y con movimiento. Mansa también, hasta la desesperación en casi todos los toros en los primeros tercios. Los más salieron huyendo, buscando refugio de las tablas o de los toriles. Pero cuando se quedaron solos, sin tanto capotazo ni tanta lidia, la cosa cambió.
El encierro de Dolores se movió, y sólo por eso, concitó más atención que la mayoría de las corridas vistas hasta ahora. Entre los seis, de imponente arboladura y hermoso cuajo, destacó un gran toro. El sexto, un negro burraco de 625 kilos que parecía una pintura. Y fue el toro de la tarde.
Del resto de toros hubo más que dejaron estar. El segundo, por ejemplo, que casi vuela la cabeza a David Mora cuando el madrileño lo saludó a portagayola. O el tercero, un toro noble y que se vino siempre de largo pero al que le faltó humillar más y mejor. No estuvo sobrada de clase la corrida en conjunto, pero la movilidad y la emoción suplió esas carencias.
Fue, por tanto, corrida exigente para estar delante. Por el respeto que imponía su fachada y por el motor que sacó después. Con dos borrones. Un cuarto que manseó de lo lindo siempre y que, por huir de los caballos entró hasta cuatro veces, sangrando una barbaridad en las dos últimas; y un desinflado quinto que se echó al finalizar la primera serie y lo volvió a intentar un par de ocasiones más.
El primero fue de los más exigentes por listo. El toro huyó de todo y cuando se quedó con Serafín decidió no pasar. Se quedaba y reponía, y no era fácil estar delante. Por el contrario, el sexto se vino a todo casi planeando por los dos pitones. Ese toro había cobrado dos formidables puyazos, en lo alto y en el sitio, a cargo de Pedro Iturralde. En el primero pasó varios minutos encelado, aunque supieron medirle el castigo.
El lote bueno cayó en manos de Joselillo, que cambió la puerta grande por la enfermería final, donde le determinaron rotura de costillas. Paseó una oreja del tercero y le habrían pedido las dos del sexto si no llega a fallar con los aceros. En el descuento acabó con el toro gracias al verduguillo. Pero la historia parecía volver a repetirse. Hace un año Joselillo cambió la Puerta Grande por los tres avisos. Con otro de Dolores, otro sábado pamplonés.
A pesar de eso, quedó claro que Joselillo se ha convertido en el torero de las peñas esta feria. A coro y pleno pulmón corearon su nombre en dos gritos característicos del sol adaptados al de Pucela: "¡Illo, illo, illo... Joselillo!" y el "¡Joooo-selillo, Jooooo-selillo!" tan de los mozos. Así las cosas, las peñas con Joselillo, el vallisoletano estuvo con las peñas y les dio fiesta como ellos buscaban.
La faena a ese sexto fue explosiva de principio a fin. La apertura, en los medios y rodillas, sólo hizo prender la mecha. Y no se detuvo hasta que al final se lió a pinchar. Antes, una fortísima voltereta en un cite al natural que le sacó el aire y lo dejó k.o. Y entre medias, una labor de corazón y ganas, de querer apostar siempre, de traerse al toro de largo, de pasárselo cerca por la diestra y a distancia por la zurda, de aprovechar la repetición y ligazón en las embestidas, de desplantes y brindis al sol. El toro no paró nunca de venirse a los cites ni de emplearse por bajo. Pero llegó la espada...
Joselillo había cortado una oreja del tercero, otro toro que vino a más en la muleta -no con tanta clase- y al que aprovechó de manera más pausada. Faena limpia, sin tirones ni enganchones, bien puesto para el siguiente, dándole muchos metros al toro entre serie y serie. Todo en los medios, y ahí aguantó el toro, que antes había buscado tablas como un poseso. La estocada desprendida fue mortal y llegó el trofeo.
Otro pudo cortar David Mora del segundo, el toro que lo pateó de salida en toriles. El comienzo de faena fue lo mejor de la tarde, con muletazos aguantando sentado en el estribo y dos series en redondo de mano baja, poder, temple y encaje. Se fue viniendo abajo el toro -al que le costó humillar- y también la faena, algo pesada al final. Tan insistente fue, que volvió a cobrar el de Móstoles, que dio la cara y dejó grandes sensaciones en su debut pamplonés. Pero la espada se fue al sótano y el trofeo, al carajo.
Con el quinto se templó en el saludo de capa y fue todo, porque el toro se echó al rematar la primera serie en la segunda raya y no hubo más. Tampoco hubo nada en Serafín, desconfiado, apático y sin estar en la corrida con ninguno de sus dos toros. Con el complicado primero y con el rajado cuarto, que echó el freno y no pasó ni una vez.