El Juli desplegó toda su tauromaquia en la tarde de Ponce. Arrollador, voraz, con ansia de novillero pero con la plenitud del torero maduro, Julián salió en hombros después de pasear cuatro orejas y merendarse a tres zalduendos. O algún zalduendito, que de todo hubo. Fue su tarde más redonda en Valencia, la de una auténtica figura del toreo. No se quedó atrás Ponce, que resumió su carrera en dos faenas tan distintas y distantes como aclamadas. Una, con un toro bueno, el tercero. La otra, con un asesino a derechas con el que se agigantó en una labor de todo corazón y pundonor. Las dos versiones del de Chiva quedaron sin premio por la espada.
Pese al triunfo, no todo fue color de rosa. El trapío de varios toros fue impresentable. La cita estaba anunciada como un gran espectáculo, un duelo en la cumbre entre dos figurones y del campo se trajeron varios novillotes de cuyos pitones es mejor no hacer mención. La guinda habría sido una auténtica corrida de toros. Como los dos últimos, por ejemplo. ¿Acaso no estaban en una plaza de primera?
La tarde, como tal, fue de El Juli. De principio a fin. Desde que recibió de capa al segundo -rematado con una media a pies juntos de cartel- hasta el estoconazo final con el que tumbó al sexto, la suya fue una demostración de repertorio, de raza, de madurez y de ambición. En tropel. Y entre todo ello, un quite que se recordará por mucho. En el sexto, con el toro sin asentar ni fijar, lo citó en los medios para una tanda de lopecinas. Y cuando al toro le costó al final, se tiró de rodillas para rematar con un farol y una larga cordobesa. De poner la plaza en pie. De los de recordar por mucho. De los de resumir sus años de variedad y raza de novillero.
Hubo más en la tarde de El Juli. Su faena al segundo, un torete noble y soso al que cuidó mucho para después llevarlo por abajo, cosido, templado, seguro y fácil. Quedó exprimido al máximo en una labor amarrada, de mucho poder, de dominio técnico con el toque preciso en el momento justo. Un espadazo y dos orejas. Dos.
El marcador quedó en blanco con el cuarto, un toro más descastado al que también se impuso con sapiencia en tres series en redondo de mano baja. Muy rotundas y seguras. Todo lo hizo El Juli por abajo, y tanto le hizo Julián, que el de Zalduendo terminó pidiendo la hora. Sin embargo, El Juli se empeñó en matarlo recibiendo y se esfumó el triunfo.
La plenitud llegó con el sexto, un toro más serio, con un pitón derecho de infarto y que aguantó y duró. Fue el mejor toro de la corrida y la faena de Julián, un resumen de su evolución como torero. Rota la cintura, asentadas las zapatillas, El Juli fue tirando de él, despatarrado, alargando el trazo hasta el final y más allá. Un poquita forzada la figura, sin una fisura su labor. Y de postre, un sopapo en todo lo alto que lo tumbó sin puntilla. Y otras dos orejas en una tarde de plenitud torera que estalló en Valencia con más fuerza que cualquier mascletá.
La tarde, como tal, estaba prevista para conmemorar los veinte años de alternativa de Ponce. Pero a Enrique no le embistió ningún toro. El que abrió plaza, anovillado al máximo, se paró casi de inicio y el valenciano tuvo que cortar la faena que brindó a su abuelo.
En parte compensó con el tercero, un ejemplar más noblón y con duración, con el que Enrique se gustó en una estética faena basada en la diestra y en la que se le vio disfrutar. Cada vez fue obligando más al toro, imantado en la muleta en series de trazo vertical, ligadas, limpias y brillantes. Pero el toro tardó en caer y lo que pudieron ser dos quedó en una oreja.
Sin premio, donde Ponce dio una lección de maestría fue en el quinto. Un toro con cuajo y dos velas de mucho asustar, que de primeras cantó su condición. Se metió por dentro, hizo dos queos de capa y Enrique tuvo que poner pies en polvorosa. Ni siquiera la tunda en el caballo pudo con el toro, que se vino arriba y se puso intratable por el pitón derecho. Era un asesino.
Pero Ponce se lo sacó a los medios, arriesgó, expuso y se impuso. Con dos cojones. La ciencia del de Chiva dio con la tecla y terminó con series importantísimas al natural, bajando la mano, castigando, llevándolo seguro y firme la planta. Una lección, sin más. Sólo que era imposible pasar el pitón derecho para dejar la espada, y el triunfo se esfumó. Pero la ovación pudo más que cualquier premio de orejas. Será una de las faenas de su carrera a uno de los toros más complicados que haya matado.