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Castella tira la moneda y se la quitan en Valencia

Derechazo de Sebastián Castella, hoy en Valencia. Foto: Manolo Moreno
MARIO JUÁREZ | Valencia
19/03/2010 17:31
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La corrida de Cuvillo fue mala. Sin paliativos ni paños calientes. Sin raza ni apenas nada, e incluso sin clase. Sucede además que las ganaderías con fondo bravo, cuando salen malas, lo hacen con mala leche. O trayendo por la calle de la amargura a más de uno, que es lo mismo. A la corrida, fina y limpísima por delante, le faltó remate y entidad. Muy chica comparada con el resto. Y todo lo demás, claro.

Del río revuelto en que se convirtió la corrida josefina salió triunfador Ponce. Numéricamente tan sólo. Porque moralmente, la tarde fue por y para Castella. El francés, seguro de sí mismo y ante todo, tiró la moneda al aire con dos toros y, de no haber sido por el palco en uno y por su espada en otro, debió irse en volandas. Con justicia.

Es justo que quienes se la juegan a carta cabal tengan premio. Y Sebastián lo hizo desde que se abrió de capa y citó por chicuelinas al primero de su lote para quitar. Ajustadísimas fueron, el toro se venía cada vez más por dentro y el de Beziers no se movió un pelo. Cosa de actitud.

Después, el toro se movió sin clase alguna. Sin meter la cara y protestando más de una y más de dos veces. Pero Castella aguantó todas. Inició su labor por bajo y después lo metió en vereda con un par de series en redondo en las que el toro siempre fue metido. Sólo que el Cuvillo no aguantó y Sebastián tuvo que achicar espacios, meterse encima y jugársela. Y lo hizo.

Pocos toreros pueden levantar una faena al final con el toro tan venido a menos. Una buena estocada tumbó al toro y, pese a la petición, el presidente dijo que no había oreja. Se puso estupendo el gachó, cuando en la feria se han repartido orejitas de la bonoloto con tres y el reintegro.

No se conformó Castella, que salió a por más aún en el quinto. El de Cuvillo no quería tomarla por el derecho ni una vez, y Castella inició de largo con un arranque de cambiados de infarto. Tres y el carrusel de adornos sin mover un palmo. El francés se impuso al toro con insultante superioridad y extrema sangre fría. Sin dudarle una vez, se puso y expuso para meterlo en el canasto, y lo hizo. No fue una labor limpia, porque el toro cabeceaba una y otra vez y muchas de ellas tocó tela, pero los arrestos, el aplomo y la seguridad del francés se impusieron por activa y pasiva.

Fiel a su estilo, Castella formó un alboroto al final de su labor. Sin una sola duda, firme como el palo de una bandera, le viniesen por donde fuera los avisos del Cuvillo. La plaza estalló, se puso en pie y Sebastián tiró las dos orejas por la borda con la espada. El toro no dejaba pasar y a Castella le costó lo suyo. Así que recogió una ovación más atronadora que una mascletá.

Ponce paseó una oreja del primero, un toro manejable y que, dentro del sexteto, fue el único que se dejó lo suyo. En la media altura, porque el animal andaba justo. Así lo llevó Ponce en una faena estética y muy larga, mejor en las primeras series sobre la mano diestra, en la que cuando el toro se fue apagando el valenciano tiró de pausas, paseos y muletazos de recursos para aliviarlo y alargar la cosa. Una estocada efectiva puso en sus manos el trofeo. El cuarto fue un marmolillo con el que lo intentó de forma insistente aunque no hubo opción de nada.

Tampoco tuvo mucha Manzanares, que puso ganas con el tercero, al que se pasó muy cerca en las primeras series en redondo. Encajado y con temple, el alicantino fue pasando el Cuvillo, que se vino abajo de forma inmisericorde y al que mató de un espadazo fulminante. El sexto tampoco tenía gas y Manzanares lo pasó un buen rato. Había caído la noche y la niebla, el ambiente era desagradable y no estaba el ganado ni la cosa para fiestas. Otro espadazo puso fin a la tarde. 

VALENCIA, 19 DE MARZO

10ª de Feria. Casi Lleno.

Toros de Núñez del Cuvillo, terciados y varios anovillados, aunque con puntas la corrida. Descastados, sin clase y deslucidos.

Enrique Ponce, oreja y silencio.
Sebastián Castella, fuerte ovación tras petición y saludos tras aviso.
José María Manzanares, silencio en ambos.
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