Castella salió por su pie. Fue la mejor noticia. El volteretón que cobró en el quinto fue vuelo sin motor. De espaldas además. El lote del francés fue el más amargo de una corrida variada de Torrealta donde ni El Fandi ni Perera lo vieron claro con los dos toros mejores.
El jabonero segundo era chico y feo. Montado y estrecho. Con malas ideas además, sin entrega alguna y encima moviéndose. De hule. A Castella le va la marcha y pasó un rato en el filo de la navaja, dándole más ventajas de las que merecía. Faena sobresaltada, de atragantón hasta el descabello.
El quinto no conoció la entrega tampoco. Muy malo. Castella tuvo a la plaza con el alma en vilo casi los veinte minutos. Le veían cogido. Un tropezón cuando quitaba por tafalleras puso a todos en alerta. Luego, el toro le arrancó la muleta de cuajo en los primeros ayudados, con violencia disparó. A la que se recompuso el torero, vino el volteretón.
Tras el remate por bajo, anduvo más listo el toro que el francés y le recogió en el suelo para lanzarlo al cielo de Santander. La conmoción se adivinaba, pero quiso seguir el de Beziers. El toro no mejoró, muy amargo, pasaba unas veces, se quedaba debajo a la siguiente. Violento, desairado. El francés volvió a poner su amplia bragueta por delante de todo lo demás. Más corazón que otra cosa. Y la plaza encogida.
El castaño de casi seis años que abrió fuego, era perfecto. Reunido, corto de manos, bajo. A Fandi no le entró por los ojos desde el capote, no le cogió el punto. Ni las chicuelinas merecieron. Remontó el Torrealta la zurra en el caballo y en banderillas el tranco fue más claro, pese a marcar la querencia. Se la escondió El Fandi y el toro embistió revolucionado a la muleta. Con poder y transmisión. Fandi estuvo muy suficiente con él pero a disgusto. La estocada patinó al entrar e hizo guardia. A la segunda sí. Buen espadazo.
Al cuarto, de afiladas puntas, no lo esperaron. El presidente le sentenció por dos caídas que no dijeron nada. Apetecía ver donde desembocaba la codicia inicial. El sobrero, más dormido de principio, arrancó el Ferrari desde las banderillas de Fandi. El toro de la tarde. Mucha movilidad y prontitud, pero bien canalizadas. El granadino fue sólo en banderillas. La muleta volvió a ser asignatura pendiente y el toro terminó rajándose aburrido después de embestir un rato. Oreja de fiesta.
El tercero le topó por sorpresa a Perera en el primer capotazo. Pareció lesionarle la rodilla. Lo pareció sólo. Era un bicho el toro, no obedecía. Lo pareció. Más que solvente anduvo la cuadrilla del extremeño y primordial el capote de Joselito Gutiérrez, que enseñó al toro. No era tan fiero el león como pintaba. Perera lo brindó al público. El Torrealta se civilizó antes de empezar la faena y se dejó sin raza en la muleta de un Perera templado. Hubo muletazos buenos al natural pero el toro decía poco. Acabó aplomado y Perera encima suyo. Le funcionó la espada.
El sexto, sin ser el cuarto, fue el otro toro de la corrida. Embistió. Y Perera se enmarañó. Le costó al principio coger el patrón, llevarlo tapado y dejar la muleta puesta siempre. Pero la faena nunca fluyó, interrumpida de más. Demasiado académico a veces el extremeño, desacoplado otras.