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Urdiales y Padilla, dos orejones de ley en Bilbao

Diego Urdiales, esta tarde en Bilbao. Foto: TERROSO
MARIO JUÁREZ | Bilbao
25/08/2010 18:35
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La corrida de Victorino fue de las de cortar el hipo. Armadísima, seria, cuajada y honda. Para toreros machos. Y allí estuvieron Urdiales y Padilla para cortar las orejas de más peso de todo lo que llevamos de Semana Grande. Dos grandes trofeos en faenas de otra tanta importancia. De mucha madurez y momento dulce.

La primera se la llevó Urdiales del segundo, el toro más armónico del encierro, al que cuajó de capa varias verónicas muy despacio. El toro, como toda la corrida, no quiso emplearse en el peto pero llegó a la muleta dejándose, y mucho. El de Victorino no terminó de descolgar, pero en su media altura, embestía con temple. El de las vacas viejas que tanto gustan a los profesionales. Y se gustó Urdiales, que brindó el toro a una de esas personas que te dan una lección de lucha y casta. De la buena.

Urdiales se lo sacó a los medios y entendió a la perfección al toro. Sin molestarlo, de uno en uno, porque no permitía la ligazón, ganándole siempre el paso y la acción. Y así lo hizo, como si de un manual se tratase. Pero con expresión, gusto, temple y mimo. Hubo un par de naturales, a cámara lenta, roto el cuerpo y la cintura, que quedarán enmarcados en la feria. Y de qué forma. Diego tragó quina y consiguió algo dificilísimo con estos animales: ni una sola vez le tocó la muleta antes de tumbarlo de un estoconazo sin puntilla. De chapeau. Orejón sin discusión.

La otra oreja la paseó Padilla del toro de la tarde, un ejemplar muy armado, cornipaso, pero de gran fondo. Mucho temple y nobleza en el animal, que parecía un carretón. De los de dejar en evidencia a un torero, que no al jerezano. En su terreno del norte, Padilla salió a por todas. Una larga a portagayola, otra en el tercio y después una decena de lances templados, ganando paso, embraguetados de verdad.

Tras un tercio de banderillas de más voluntad que acierto, Juanjo se fue con el toro a los medios para cuajarlo de principio a fin. Por las dos manos. El toro se venía con temple y se iba hasta el final. Y Padilla lo toreó perfecto. Dándole sitio, aprovechando la inercia de las primeras series para ligar y las últimas, con el animal más aplomado, para romperse con él en el uno a uno. Templadísimo estuvo Padilla, que no presentó un renuncio, no le volvió la cara ni tiró de buscar la complicidad del público. Toreo puro y duro. Una estocada, el toro tragándose la muerte y otro orejón. Y la ovación para el toro, fortísima y sin discusión.

Hubo otro toro bueno e importante en la corrida, el primero de El Cid. Toro exigente porque venía con fuerza pero toro agradecido porque lo quería e iba largo, humillando aunque sin terminar de descolgar. De los de hacer un esfuerzo para mostrar a las claras la recuperación. Y todo se quedó a medias. Manuel Jesús quiso más que pudo y tardó mucho en verlo claro. Demasiadas probaturas iniciales. El pitón cumbre fue el izquierdo, y por ahí también le costó asentarse y fijar las zapatillas hasta bien entrada la faena, en la que buscó la pala más que pasar el fielato, que fue cuando el toro mejor la tomó. Cuando se convenció, llegaron los mejores momentos, que no fueron de reventón, porque las series resultaron demasiado irregulares, como un carrusel o tiovivo. Pero todo se fue por la espada.

Los otros tres toros fueron de ricino. El más Victorino de todos fue el sexto de Manuel Jesús. De los de tragarse uno y reponer al siguiente, sin dejar responder. El toro se llevó por delante a Pirri en banderillas y, encelado con él, lo sacudió otro par de veces. El Cid puso intención y voluntad con el animal, que rebañaba y se metía por debajo. Por los dos pitones se puso y lo mató.

El quinto de Urdiales tenía instinto asesino. El toro no pasaba, esperaba, se agarraba con las manos y estiraba el cuello para cazar. Más de dos y de tres veces lo tuvo a tiro. Tras intentarlo por ambas manos, Diego se metió con él en una serie de doblones de gran oficio y sabor antiguo. Mucho oficio. El que abrió plaza se vino abajo y salió dormido, en capote y el peto. El toro no quería embestir y Padilla pasó mucho rato delante, tratando de robar unos pases que no llegaron porque el animal no quería tomarlos. Y se eternizó con la espada en un rosario de pinchazos.

BILBAO, 25 DE AGOSTO

5ª de las Corridas Generales. Tres cuartos de plaza.

Toros de Victorino Martín, serios y con cuajo. Destacaron el cuarto por su temple y fijeza (ovacionado), bueno el encastado y manejable tercero (aplaudido). Manejable pero bajo de raza el segundo. Descastado el primero,peligroso el quinto y complicado el sexto (pitados).

Juan José Padilla, silencio y oreja.
Diego Urdiales, oreja y silencio.
Manuel Jesús 'El Cid', saludos y silencio.
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