Puede que la de Bilbao no fuera la feria del año en orejas -se cortaron las justas, las de justicia, gracias al buen criterio del denostado Matías González- pero sí en cuanto a conclusiones. La seriedad y la dureza de la mayoría de los toros lidiados o, por el contrario, la bravura y la calidad de algunos otros fueron como la prueba del algodón. Así que en la Vista Alegre bilbaína se marcaron con contornos muy definidos las evidencias que los toreros venían apuntando, para bien o para mal, desde principios de temporada. Las Corridas Generales han sido definitivas y definitorias para entender el 2010.
Pero llega ya el mes de septiembre y todo apunta a que en esta recta final de campaña, tras las pequeñas alegrías agosteñas, se va a recrudecer la crisis que acogota también la fiesta de los toros. Después de los dispendios veraniegos, cuando quien más o quien menos ha hecho un esfuerzo para disfrutar vacaciones o ir a plazas cubiertas en sólo la mitad de su aforo, volvemos a encontrarnos con la dura realidad, con la "vuelta al cole", con el paro, los despidos y la reforma laboral. Y con esa demorada huelga general que paralizará el país el próximo día 29. Un ambiente de preocupación que se va a ver reflejado todavía más en los tendidos.
Hacía muchos años, desde los difíciles tiempos de la transición política, que el toreo no vivía un momento tan complejo: las empresas, asfixiadas por los inflexibles pliegos de condiciones que aceptaron y que no permiten ni un margen de compasión; el público, retraído ante las taquillas y espantado ante los precios de las entradas; los ganaderos, intentando sacar del campo un excedente de toros que se pone en el mercado a precios de saldo; y los toreros -me refiero a todos, de oro o de plata-- cayendo en masa tarde tras tarde a lo largo de una sangrienta temporada en la que no encuentran el mínimo respeto ni dentro ni fuera, y menos aún a la hora de cobrar unos honorarios que en la inmensa mayoría de los casos no superan los mínimos establecidos.
Con José Tomás en el dique seco, sin ejercer como en los dos años anteriores el papel de dinamizador económico, la temporada entra en la cuesta de septiembre, una especie de enero taurino que ha empezado a enseñar los dientes en los últimos y tristes ciclos de agosto. Y a la vez saca a la luz casos como los de Calahorra o Casavieja, ejemplos palmarios de la aberrante situación que se vive en la base del espectáculo a consecuencia de la dilatada corrupción ejercida durante los años del ladrillo por ayuntamientos prevaricadores y empresarios salteadores.
Le está costando mucho al toreo adaptarse a los tiempos de crisis, pasmado aún en los de las vacas gordas. Y sobre todo a unas empresas resignadas y sin capacidad de reacción para liberarse del yugo de las instituciones públicas o para hacer una mejor política de precios, confiando sus beneficios únicamente a la reducción, hasta límites de hace veinte años, del caché de toreros y ganaderos. Así entra septiembre, el tradicional mes de las novilladas, que, como no podía ser menos, se verán también afectadas por la crisis: comparen con otras temporadas y verán cómo los propios ayuntamientos, endeudados hasta los ojos, han tenido que reducirlas en número hasta en aquellos lugares que llevan a gala su trabajo en defensa y promoción de la cantera.
Contrastar la realidad no es hacer alarmismo. La temporada 2010 tiene un encrespado final en alto, como las grandes etapas del Tour de Francia. Como la del Alpe d'Huez y sus veintiún endiabladas curvas. Y las rampas que quedan hasta llegar, allá en octubre, a la meta de Zaragoza van a ser muy empinadas. La última etapa se antoja durísima, para los líderes y para el pelotón. Y sin patrocinadores. El coche escoba va a tener trabajo extra este año.