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Nostalgia de José Tomás

DANIEL HERNANZ
01/09/2010 12:06
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El otoño invita a la nostalgia, a la nociva depresión o incluso al suicidio, tan estadísticamente ligados a la caída de la hoja. Al arrancar esta mañana la del calendario, la de agosto, caí en la cuenta de que han pasado cuatro meses, una semana y un día, una condena, desde que José Tomás le abriera la veda a la angustia que ha puesto a prueba los reflejos de la cirugía taurina esta temporada. Y los de la providencia que teledirige la trayectoria del pitón hacia este barrio o el otro. De milagro en milagro y el toro coge porque le toca. Hasta la ciencia habrá renegado este año de su agnosticismo clásico. Y uno casi también, devoto del azar por creer en algo.

Ocurre a menudo que el mismo tiempo pasa despacio o deprisa a su capricho, y la temporada se va volando. Pero, cosas de la nostalgia, la sombra de JT se me amontona. En cuatro meses está tan alta como aquella que murió con cinco años un domingo de junio en Barcelona. Se le echa demasiado de menos, no sólo por la miel que aguanta fresca en los labios. Sin capitán, hace su agosto la piratería que se agazapaba en las tardes grandes del de Galapagar y que ahora se ceba en un brutal abordaje oportunista a la Fiesta, como el de aquel Navegante de Aguascalientes. Y el toreo ya no sabe ni por donde le vienen, borrado del mapa por el correbou, los antis y sus grescas, con más tirón éstas que todo el escalafón junto.

Esa nostalgia de un torero, más allá de su añorada diferencia en la plaza, tiene que ver con el lamento de que en estos tres años de redentora reaparición, la mecha no haya prendido con nadie más

Esa nostalgia de un torero, más allá de su añorada diferencia en la plaza, tiene que ver con el lamento de que en estos tres años de redentora reaparición, la mecha no haya prendido con nadie más. Con el temor o la certeza de que José Tomás, algún día, se marchará sin descendencia ni heredero, de que el toreo siga a la intemperie y durmiendo al raso cuando todo el provecho que se le ha sacado (y se le ha querido sacar) al arrollador influjo de un torero tan determinante sea el de adosarle un festejo baratito, el de inventarse un abono con el que exprimir hasta donde se pueda la gallina de los huevos de oro, mojando torpemente la pólvora.

El remedio y la enfermedad mantienen una distancia cada vez menos prudencial, porque pese a identificar el problema nadie se entrega con generosidad al remedio. Tomás ha dejado a una temporada corrientona huérfana de gestas, precisamente la temporada que diseñó para escribir los titulares más grandes. La de Bilbao y Madrid, la de la racanería reincidente de Sevilla.

Por suerte, y como ocurre con los grandes fenómenos, José Tomás no tiene que pelear contra el olvido y las modas. Cada día extra que pase hasta el acontecimiento de su reaparición hará más grande el instante en que asome por un patio de caballos, quién sabe dónde ni cuándo. Sólo confío en que ese día llegue, se cuide y se escoja con mimo. Da igual ya cuatro meses más o dos menos. Hasta entonces, sólo queda seguir recalentando el ordenador o la tele a fuerza de quemar reproductores con sus grandes faenas. La diferencia con el anterior impás de cinco años son quince o veinte vídeos más donde elegir.

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