La afirmación que asegura que cuando hay toros no hay toreros y cuando hay toreos no hay toros se hizo añicos, al menos al cincuenta por ciento, dicho esto porque sólo uno de los dos novilleros estuvo a la altura de la gran novillada de Guadaira.
Hubo toros, cinco, que, a pesar de tener todavía la edad de novillos lucieron sobrado trapío de cuatreños. Fueron toros por fuera y por dentro, lo que quiere decir que tuvieron calidad, casta y transmisión.
Sencillamente extraordinarios los dos primeros. Bueno y colaborador el de rejones. Tuvo mucha movilidad el cuarto, y sólo el quinto bajó la nota. Fue éste un manso encastado que mientras duró tuvo emoción y que no tuvo malas ideas cuando se rajó.
Con material tan idóneo la tarde debió ser de éxito rotundo para todos. Lo consiguió Emilio Huertas que cortó el rabo del segundo de la tarde, pura anécdota. La verdad es que tan suntuoso premio fue más que discutible. Lo que no admite debate fue la disposición, la entrega y también el excelente toreo que puso en práctica.
El de Ciudad Real fue volteado aparatosamente en el primer quite por espaldinas, y tras levantarse visiblemente conmocionado volvió a la cara del astado para proseguir por chicuelinas, toda una muestra de las intenciones con las que llegaba.
Por si fuera poco inició la faena con un pase cambiado por la espalda, para proseguir con el toreo difícil, el de temple y ligazón, presentando la muleta adelantada, vaciando las embestidas muy atrás con la muleta baja y el alma tras ella. Supo además encontrar los recursos pertinentes en la parte final, poniendo la pimienta necesaria para que no decayesen la cadencia ni la intensidad de su quehacer. La estocada fue de perfecta ejecución, y la emoción se desbordó.
También estuvo firme con el que cerraba festejo, que duró dos o tres tandas antes de pararse para embestir a arreones, topando más que embistiendo. Huertas tiró de oficio y resolvió la papeleta con solvencia.
No se puede decir lo mismo de Víctor Barrio, a quien no se le vio a gusto en ningún momento. Labor sosa la que llevó a cabo frente al que abría la tarde, fundamentada sobre el pitón derecho sin llegar a ligar el mínimo número de pases que le dieran ritmo a aquel proyecto de faena. Mató de estocada muy deficiente y le regalaron una oreja.
No se la pudieron regalar del segundo de su lote porque el segoviano no hizo el esfuerzo necesario para quedarse quieto. Pierna atrás en cada muletazo y pases sueltos por acá y acullá fueron la tónica se su actuación, que refrendó con un sainete con los aceros.
Sí que gustó en cambio el rejoneador Roberto Armendáriz, que consiguió simular que daba auténticos pases cabalgando a dos pistas por la cara del burel. Citó siempre con el pecho por delante para batir a pitón contrario y clavar al estibo, y realizó varias piruetas ajustadas. Pero se dejó alcanzar demasiadas veces las cabalgaduras y además se demoró con el rejón de muerte.
Mención aparte merece la actuación de José Otero, subalterno de la cuadrilla de Emilio Huertas, que bregó con maestría y clavó banderillas con torería y espectacularidad. El segundo tercio que protagonizó fue sencillamente extraordinario, uno de los momentos más emocionantes de la feria. Citó de frente. Caminó parsimonioso cara a cara. Cuarteó con temple. Sacó los brazos desde abajo. Reunió los palos arriba y clavó reunido en todo lo alto. Si cuando las cosas se hacen bien...
Ficha del festejo.
Plaza de toros de Algemesí, 7ª de feria, casi lleno. Cinco novillos de Guadaira, el tercero para rejones, de excelente presentación y buenos. Sobresalieron 1º y 2º.
Víctor Barrio: oreja y silencio tras aviso.
Emilio Huertas: dos orejas y rabo y palmas.
El rejoneador Roberto Armendáriz: vuelta al ruedo tras aviso.
Cuadrillas: se desmonteró José Otero tras banderillear al cuarto.
Incidencias: Al finalizar el paseíllo se guardó un minuto de silencio por el aficionado local Juan Beltrán.