Concluyó la Navidad, pasaron las rebajas, casi se extingue el mes de enero y llega un comunicado del G10 -ya se autodenominan así- que pone en la boca del empresariado los polvorones que sobraron de las fiestas. Y no está mal que te entreguen un dulce. Lo malo es que el "manjar" en cuestión te deje la boca estoposa y tardes en tragar. Porque son muchas las perlas de azúcar que trae la declaración.
La primera, es obvia: que las figuras no están aquí para generar beneficios y callar. Levantan por fin la voz para aportar argumentos que defiendan su postura. Esos argumentos que echaba de menos la opinión pública y demandábamos en las redacciones, pues todos coincidíamos en que falta comunicación. Esos que siempre estuvieron ahí, pero alguien se empeñó en ocultar echando encima un saco de avaricia y otro de intransigencia. ¡Peseteros! Así llamaban a los toreros.
¿Creen ustedes que el toreo iba bien hasta 2011, hasta que los toreros se han levantado en armas? ¿Creen que el modelo de gestión y de negocio estaba a la altura de los tiempos actuales? ¿Quieren seguir como hasta 2011 o creen que es bueno un cambio? Cuando uno se pone a analizar la situación detecta en seguida que los peseteros han sido los únicos en acometer la necesaria revolución en los cimientos del toreo. Han sido los únicos en gritar basta ya en un mundo donde todo está hecho al revés y en el que cualquier recién llegado a sus manijas -caso de Javier Folqué, representante de All Sports Media- se echa las manos en la cabeza. Es lógico. Llega a un sector en el que al veedor de la empresa le paga el ganadero y al mayoral le paga el empresario. El detalle es nimio, sí, pero sintomático. Los toreros quieren cambiar el modelo seguido hasta 2011. Otra cosa es que el cambio sea bueno o malo, que el tiempo lo dirá. Los toreros sí quieren cambiar. Los empresarios, por lo visto hasta ahora, abogan por el vigencita, que me quede como estoy.
Este pequeño universo, al que los intereses de las empresas y la pasividad que hasta ahora han tenido los toreros le han ido eliminando el sentido común, se forjó en la endogamia de los empresarios que comenzaron a apoderar, de los apoderados que se iniciaron como empresas y de los cambios de toreros como si fueran cromos. Ese trueque que provocó que, unas décadas después, diera igual triunfar o no; lo importante era que te apoderase una casa grande.
¿Y el aficionado? ¡Ay, el aficionado! Éste se ha ido acostumbrando a protestar y que no le escuchen, a sostener económicamente este negocio dando por bueno lo que decidían en los despachos porque nada podía hacer para remediarlo. Hasta que se dio cuenta de que no pasaba nada por quedarse en casa, por utilizar el mismo arma que el público más general, y las plazas comenzaron a mostrar su cemento como preludio de una inminente zona cero. Y como, además, a los que estaban en su feria se los daba la tele ocho veces al año y se los repetía veinticinco... ¡Como en casa, en ningún sitio!
Pero a los problemas endogámicos se unieron los ataques antitaurinos, y la pasividad del universo del toro, y el peligro se convirtió en realidad con el cierre de Barcelona, con el que a Balañá -el actual Balañá- le han hecho el favor de su vida. Aunque también él se queje de que le dieran polvorones al final del verano. ¿Ustedes creen que a su abuelo le hubieran cerrado la plaza?
Ante este escenario desolador se presentaba el toreo en este invierno donde se abogaba por la unión de los todos los estamentos. Este era el panorama en el noviembre pasado, pero pasaron los días y nadie aparentaba hacer nada. Fue entonces cuando las principales figuras del escalafón deciden unirse para tomar cartas en el asunto, que es SU asunto, y se suman en la Unión de Toreros. Y esa unidad lleva a los toreros ante el Gobierno del país, y al toro lo pone en el Ministerio de Cultura, y comienzan a negociarse las fiscalidades, y aportan dinero de su bolsillo para apoyar la llamada ILP Taurina. Y se preocupan, por fin, de abanderar un cambio en el mundo del toro. Ahora, la gran mayoría interesada les quiere ridiculizar por crear una fundación sufragada con el dinero de sus derechos de imagen. Así somos los taurinos... Siempre restando importancia a lo que hacen los demás y nosotros no hacemos.
Cuando los toreros deciden plantear el cambio se enfrentan al poder del empresariado. Esos empresarios de herencia generacional que no han aportado nada para modernizar su negocio ni para evitar que se extinga en la era 2.0. Esos empresarios que sí han acumulado la fuerza suficiente para mover los hilos contra toda medida procedente de los toreros. En lugar de analizar y proponer, difaman, amenazan con el demagógico torismo y toman represalias por el inmobilismo, para que no se lleve a cabo cambio alguno. Lo hemos visto en la feria de Valencia.
También lo está notando la de Castellón, donde al aficionado se le propone el plan "torista" no porque piensen en él, sino porque es infinitamente más barato, dicho sea con todos los respetos para toreros honorables y dispuestos que encuentran ahí la oportunidad de cumplir sus sueños, pero que no cobran lo mismo que las figuras. Ni generan igual, aunque las entradas no bajen de precio.
El G10 se ha embarcado en el avión de la modernidad y ha decidido cambiar el plan de vuelo. Ha comprendido que es a los toreros que lo forman a quien va a ver el "pagano", que son ellos los que ponen los muslos y generan la taquilla, que es a ellos a quien quiere ver la gente mientras se toma la caña en el bar de enfrente, y que al de la caña le da igual que el empresario sea este o aquel. Las figuras han comprendido que si flojean ahora terminarán siendo asalariados de las empresas, y no lo quieren permitir.
Y los empresarios han notado en la boca los polvorones de enero, porque han visto la dinamita con la mecha encendida y no el temor a que estalle la guerra. Y siempre fue en tiempos de guerra cuando evolucionó el mundo. Y siempre las guerras estallaron en tiempos de crisis.
Luego dirán que hay fracción entre ellos, que unos van y otros no, que a Manzanares lo apodera quien más suma en las próximas Fallas, como a Fandi, y que Talavante también traiciona. Pero aquí nadie traiciona a nadie mientras el pacto de caballeros contemple todas esas opciones, por injustas y dolorosas que sean para los independientes no acomodados a la manida casa grande.
El escenario de la guerra está dispuesto, y es el momento de plantear el cambio del sistema del toreo porque el momento para estos cambios nunca sería el adecuado, y entonces se llega a la conclusión de hacerlo o no. Los toreros han dicho sí al cambio y las empresas, no. Hay un grupo de toreros que están dispuestos a cambiar las cosas y soportar sobre sus espaldas el ejercicio de poder de los que no quieren cambiarlas. ¿De verdad creen ustedes que todo esto es una cuestión de avaricia de los toreros...? De momento, ya los hay que han perdido un dinero que no volverá.