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Butifarra en Las Vegas

Paco March
22/02/2012 18:16
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La Generalitat de Catalunya, como todo hijo de vecino, busca fórmulas paliativas a la crisis, la económica por supuesto. Hasta ahora, lo único que se le ocurre al Poder (así, con mayúsculas) es hacerlo a costa del ciudadano mermando su calidad de vida moral y material, conculcando derechos fundamentales pero, eso sí, siempre por nuestro bien. Y al que se rebele, palo y porra aunque lo que lleve en la mano sea un libro.

Un libro, peligroso instrumento revolucionario. En los libros está la sabiduría y, con ella, el inconformismo, algo que siempre molesta a quienes sustentan su hegemonía y privilegios sobre el miedo y la ignorancia.

Pero a lo que vamos. En Catalunya (compitiendo con Madrid, como no podía ser menos) parece que les hace tilín (a sus políticos) la idea de establecer una copia con barretina de esa ciudad ejemplar que responde al nombre de Las Vegas.

El conseller de Economía, Mas-Culell "manostijeras", viajó en noviembre a la ciudad norteamericana para interesarse por los proyectos del magnate ¿o es mangante? Sheldon Adelson, una de las veinte primeras fortunas del planeta según el escalafón de la revista Forbes (ese sí es un escalafón, en el que a nadie se le ocurre decir que el que de verdad vale es el del puesto 125, como pasa en el taurino). El amigo Sheldon y su grupo inversor quieren que su proyecto Eurovegas se establezca en España, ya sea en la capital como en la prohibicionista Barcelona.

Ahora, en un remake de "Bienvenido Mr. Marshall", los americanos han devuelto la visita y entran y salen de la Generalitat como Paton por su casa, con sus mofletes sonrosados y una sonrisa delatora. Vamos, que la cosa (les) pinta bien.

Prometen inversión multimillonaria y miles de puestos de trabajo en un complejo con hoteles, restaurantes, cines, teatros ¿oído, Balañá?, campos de golf y , sobre todo, casinos que es lo suyo. De momento nada dicen sobre si Don Bull también se interesa por el proyecto aunque no sería de extrañar, con lo que ¡vaya por Dios ¡en unos pocos años tendríamos toros en Barcelona, eso sí, a la manera de Las Vegas, con el velcro y todo eso. Cabe recordar que en las comparecencias parlamentarias de marzo de 2010 previas a la prohibición, el diputado convergente Josep Rull dejó en el aire la posibilidad, haciéndose eco de lo que en esas fechas ocurría (con fracaso memorable) en el estado norteamericano. Sólo faltaría ver si, consecuentes con lo proclamado para Quito, algunos toreros se prestarían a la mascarada.

Llama la atención, aunque la capacidad de sorpresa hace ya tiempo está colmada, que en contrapartida a su "filántropico" proyecto, a ese maná de euros, lujo y diversión, los yankys exijan vista gorda en derechos laborales, horarios, ley antitabaco y minducias como el blanqueo de capitales. Vamos, una ciudad sin ley mientras el sheriff de la plaza San Jaume sólo saca sus pistolas para disparar al forastero centralista y, a poder ser, taurino.

Y es que ya todo les vale. Si se prohibieron las corridas de toros para dar ejemplo de (falsa y cínica) modernidad; si la supresión de puestos de trabajo que la prohibición comporta; si la conculcación de derechos fundamentales que supone; si la mutilación cultural que significa; si con tantas y tantas cosas quisieron acabar cuando profanaron el templo democrático del Parlament entregándolo a las argucias de una secta, ahora no nos puede extrañar que la inmoralidad guíe, de nuevo, sus decisiones.

La misma inmoralidad que, por solemne ejemplo, les llevó a no denunciar el caso Palau de la Música, ese permanente saqueo del erario público durante años. Una inmoralidad que está tanto en las propuestas de actuación del promotor como en el fin último del objeto de negocio y, que hasta el momento y que se sepa, no sólo no han merecido objeciones de los responsables políticos sino que son escuchadas con atención y ojos como platos, mientras, con entusiasmo, aplaude la jugada la inefable Pilar Rahola.

Una inmoralidad que, lejos y en el polo opuesto de la invocada por Bergamín para definir el toreo, se sustenta en la perversión de las esencias del ser humano.

 

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