En el toreo, y en casi todo, hay tardes en las que nada puede o debe fallar. La de hoy en Barcelona era una de ellas. Y la corrida falló. El encierro salmantino de Garcigrande, desigual en cuanto a hechuras y volúmenes echó algunos toros de muy justa presencia, chicos, estrechos. Ni siquiera fue bonita. Agradable a lo sumo. Hoy no era el día.
Desfondada, chohona, agarrada al piso y quedada, por no sacar ni malas ideas desarrolló, por largas y tesoneras que resultaron las faenas. El sexto toro fue el único que aguantó tres series con transmisión y movilidad. Las otras dos que completaron la faena se las sacó El Juli a fuerza de meterse con él.
José Tomás, principal argumento del festejo a priori, fue relegado a segundo plano por el propio Juli, argumentado con su capacidad y dimensión de figura. El lote de José Tomás apenas sirvió. Con sacacorchos extrajo las series el de Galapagar.
El lote de Finito también fue para olvidar. El primero, un marmolillo. El cuarto, desfondado como toda la corrida, duró una serie. Finito se la sacó. Confiado rápido de capa, con algunos lances de gusto, el toro duró lo mínimo. El torero buscó un sitio y un protagonismo que el público hoy no estaba dispuesto a darle.