Dos semanas después, la feria de San Isidro no ha hecho sino ratificar, golpe a golpe, lo que se vio venir desde el principio: que el ciclo ha tocado fondo, que la fórmula de su organización está agotada, que poco o nada funciona ya en Madrid. Y, aunque sea difícil renunciar a un negocio que factura tres mil millones de pesetas en poco más de un mes, lo más sensato, lo que las circunstancias piden a voces, sería atajar de una vez por todas esta peligrosa deriva.
La demoledora evidencia de este año, esa sucesión de espectáculos vacíos y anodinos, debería llevar a los políticos de la Comunidad de Madrid, como responsables subsidiarios de tan enorme fracaso, a tomar medidas urgentes, fruto de la constatación. Y para empezar, aunque parezca duro, aunque suene ilógico a quienes no ven más allá de la parte material del espectáculo, aunque resulte impopular en tiempos de crisis, hay que cortar por lo sano. La feria de San Isidro necesita una amputación por peligro de gangrena.
Se trata de que la feria vuelva por sus fueros, a los números clásicos, a anunciar, en torno a la fecha del Santo, una docena de festejos. Como en su época más gloriosa, la de los años sesenta, de volver a ofertar un abono en el que las verdaderas figuras se anuncien dos o tres tardes y con las mejores ganaderías: una feria de máxima categoría que devuelva la ilusión a los aficionados. Si sirve para mejorar la calidad, al público de la plaza más barata de España no le importaría pagar un treinta o un cuarenta por ciento más por sus entradas, por aquello de que a la empresa le salieran las cuentas y por superar el agravio comparativo que hoy por hoy es la tabla rasa de los precios venteños. Un justo y merecido pago a toros y toreros siempre es fundamental para avalar la calidad del espectáculo.
Pero, para compensar, habría que mejorar también la primera parte de la temporada. Por ejemplo, volviendo al viejo "abono de primavera", una lista de festejos --los domingos y los jueves o los sábados de marzo a junio-- llena de contenido e interés, en los que se den oportunidades reales a los aspirantes a figuras, en los que entren otro tipo de ganaderías, siempre sobre la base de una mayor promoción y con el afán de mantener el interés taurino en la ciudad más allá de las fechas señaladas. Y, evidentemente, a unos precios asequibles para todo tipo de públicos, con mayores facilidades para la compra de entradas y con importantes descuentos para ese aficionado fiel, y maltratado, al que Comunidad y empresa deben un respeto y un satisfactorio desagravio después de tantos abusos.
Y, por supuesto, se trataría también de devolver su categoría a otras citas tan clásicas como las corridas de la Prensa y de la Beneficencia, ahora relegadas, camufladas y devaluadas entre el tragantón de festejos de mayo, adosadas al gran "pelotazo", cuando hasta no hace tanto eran fechas aisladas que estiraban brillantemente el ambiente de toros en la ciudad hasta la llegada del verano.
Bastaría únicamente con que la Comunidad renunciara a esos mil millones que nada suponen a sus arcas pero que lastran la calidad de un espectáculo al que han dado categoría de Bien de Interés Cultural justo cuando más lo desatienden. San Isidro ha tocado fondo justo cuando el toreo atraviesa también una etapa crítica. La cuerda se ha roto de tanto tensarla. No se puede obviar la triste realidad. Hay que tomar medidas urgentes y necesarias: la plaza de Las Ventas necesita un nuevo pliego de condiciones donde el apartado más puntuable no sea el del dinero sino el de la promoción.