Por Paco Aguado
Otro día con menos tensión, en otra feria sin tanta mala leche acumulada, Daniel Luque hubiera dado esa vuelta al ruedo con una oreja en la mano. Y, de ser así, un tercio del apéndice debería haberlo repartido con Morante. Un tercio de oreja por un tercio de quites inolvidable. Porque, a la verónica, el de la Puebla no usó un capote sino una cuna. Y con ella meció a ese toro muy quedamente, con un sublime compás. Y porque, por chicuelinas, lo bailó después por sevillanas, con los vuelos girando al ritmo de los corrales de Triana.
Hay que agradecer a Luque su gran gesto, esa desvergüenza de querer competir con el mejor capote del toreo echándole al asunto fibra, ansia, ambición, osadía. Sin complejo alguno. Y hay que agradecerle el detalle, inocente o desprendido, de quemar en cinco quites, todos obligados y exigentes, a ese gran toro de Cuvillo, el número dieciocho de esa lista de diecinueve que él se autoimpuso como límite para consagrarse en figura del toreo. Porque, con dos quites menos, el "cuvillo" podía haberle dado la razón in extremis. Que nadie le pase factura por ello, sino que quede en su haber en la lista de méritos.
Pero hubo más Morante, más capote, que ayer fue lo único que Madrid le entendió, desdeñando la naturalidad y el temple con que toreó al desclasado primero. Quedaba otro soberbio quite por delantales, ceñido, apretado, profundo, como profunda, hondísima fue esa media que cerró el empeño y abrió el baúl de la memoria para sacar a pasear el espíritu de Belmonte. Y eso antes de matar a ese cuarto toro igual de despacio, igual de puro, dejándose ver al volapié con la misma entrega que con los trastos. Coherente Morante también con la espada. Como dicen que era Cagancho.
Fue tarde de evocaciones, corrida de guiños al pasado para engrandecer el presente. Como ese enrazado quite de Ronda con que Cayetano se negó al olvido, esa revancha rumiada desde que la sangre le comenzó a hervir sobre la raya de cal que limitó su entrada al duelo de capotes. Gaoneras hondas, clásicas, de "pata'lante", muy toreadas, que devolvieron su sentido a la suerte que reinventó el Indio Grande en estos tiempos de barullo vertical. Tiene raza Cayetano, entreverado ADN entre Ordóñez y Rivera. Y es tanta que, de sacarla más a menudo, le valdría para acabar a tiempo de que las dudas se conviertan en certezas.
Tarde de quites en Madrid. Incompleta pero, por fin, una buena tarde de toros. Perfecta para remover el hastío y la desgana de una plaza hundida en sus propias miserias. Una plaza que fue grande y que necesita más bofetadas de toreo bueno para volver a reconocerse a sí misma.