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Un verano de resistencia

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15/06/2010 14:06
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El toreo entero está sumido en una honda preocupación. Las cosas, como en el país, no van bien. Y menos aún tras el desolador San Isidro que nos ha tocado sufrir. Por delante, espera un largo y duro verano en el que el mundo del toro tendrá que resistir a sangre y fuego a la espera de tiempos mejores.

Si los pequeños empresarios ya llevan un par de años sufriendo en sus carnes los efectos de la recesión taurina, ahora la preocupación ha llegado a los grandes despachos. La crisis está llamando premiosamente a las puertas de los ciclos más sonoros, sin que, en el caso de las plazas de propiedad pública, los pliegos de condiciones tengan piedad con sus exigencias de tiempos de vacas gordas.

De puertas adentro, en un tono tan quedo como sus ánimos, los miembros de la gran patronal taurina --como si nada tuvieran que ver en ello- se quejan lastimeramente de la falta de toreros con tirón, de la dificultad de elaborar carteles que atraigan a un público cada vez más reacio a dejarse alegremente los dineros en taquilla. Saben con toda seguridad que el verano del 2010 va a ser de los más duros de las últimas décadas. No hay dinero, pero tampoco queda ilusión.

Los primeros efectos se han dejado ver en las últimas ferias de mayo y en las del Corpus, donde los aforos difícilmente se han cubierto en más de su mitad, sin lleno alguno del que tirar. Y ese mismo parece que va a ser el paisaje de los abonos de San Juan y San Pedro, con un panorama social dominado por el temor a esa inmediata reforma laboral, que se promete dantesca, y un mundial de fútbol que, cada cuatro años, deja frente a la televisión a muchos de los que podrían acudir a las plazas. No extraña que corridas tan clásicas como las de Segovia o La Línea vayan a desaparecer del circuito este año.

Taurinamente, el verano va a ser de los más duros de las últimas décadas. No hay dinero, pero tampoco queda ilusión

Pero lo peor puede llegar a partir de julio, con el mercado de los pueblos prácticamente asolado. El endeudamiento de los ayuntamientos y el incremento del IVA al 18 por ciento a partir de julio se antojan como las dos circunstancias decisivas para una reducción de festejos brutal, mucho mayor que la de pasadas temporadas, aunque apenas se haya notado en los primeros meses de este 2010.

Ya definitivamente sin ladrilleros que "pongan" y sin licencias de obras y recalificaciones urbanísticas que engorden las arcas municipales, el segundo circuito y el de los festejos menores serán los más afectados por la voraz recesión. La "burbuja" taurina se ha desinflado al mismo ritmo que la inmobiliaria: las alegrías, tan perjudiciales para la Fiesta, que se permitieron algunos ayuntamientos montando corridas de toros donde antes apenas había becerradas, se han acabado sine die, al tiempo que esos dos puntos más de IVA encarecerán aún más la organización de unos festejos ya de por sí demasiado costosa.

Ante tal panorama, ante una crisis tan galopante, dentro del negocio nadie reacciona. Y menos esa Mesa del Toro con más forma que fondo, que de momento vive en la inoperancia. Con la que está cayendo, nadie reclama una igualdad impositiva con respecto a otras actividades artísticas o deportivas.

Nadie intenta atajar la voracidad de los pliegos de condiciones de las plazas públicas. Nadie intenta cortar el sangrante sesgo antitaurino de las televisiones generalistas. Nadie. De momento, sólo se lamentan, dejando el espectáculo al socaire de la crisis, porque, dicen aún los incautos o los cínicos, el toreo se defiende solo.
Y a todo esto, la única fórmula mágica contra la crisis no se saldrá este año de Estepona.


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