Al César lo que es del César y a los Martínez Flamarique lo suyo en un verano que, como veníamos cantando, traslada el examen de la arena al despacho, por encima de la selectividad paralela de muchos toreros obligados a convencer y a ilusionar de nuevo. La cosa es que entre el torito del estío, el jolgorio y la merienda que empiezan por San Juan y acaban en Bilbao, con la interrupción a medias de Pamplona y alguna otra, se hace casi obligado aparcar el análisis del escalafón por lo difícil de sacar conclusiones y discernir entre el espejismo orejero. Por eso, los ojos se van más arriba.
Sin gasolina de Galapagar, la temporada tira de la reserva. Pero los pliegos están ahí y las ferias hay que darlas aunque el momento invite a cerrar el chiringuito hasta el año que viene. La tesitura no es sencilla y exigía a las sociedades "limitadas" del empresariado virtudes distintas a las habituales años atrás, cuando los carteles venían dados y el juego andaba en atar al manojo de figuras y arañar en lo posible los dineros de las contrataciones.
En este contexto inflamado, el león herido del Norte, con la "desamortización" francesa todavía fresca, ha tirado de galones y genealogía para marcar la pauta. De forma ordenada, equilibrada, sin llorar y sin astracanadas, la legendaria empresa Chopera va tejiendo las ferias con más interés y alicientes, no necesariamente las más caras, de esta excepcional coyuntura.
El hecho de que la aficionada clientela de las plazas cantábricas permita más libertad de movimientos, menos "nombres" y más "hombres" que otros cosos menos septentrionales y más escorados, ni resta mérito a los Chopera ni justifica en otros de sus compañeros ferias tan cobardes, previsibles y poco talentosas como se están dando y presentando.
En estas, además del generalizado pinchazo en taquilla, se suma el más que previsible sopor en el ruedo que sigue ahuyentando a los que todavía no han desertado de un tendido en llamas (y en Hogueras) donde los olés hacen eco. Aunque la autocrítica sigue brillando por su ausencia y las culpas se depuran casi siempre en tercera persona. Estoy del IVA abusivo al toreo, del eterno "traslado" al Ministerio de Cultura y de los males de la Administración como parapeto hasta los huevos.
Quizá también por esto, ferias como San Sebastián y Santander, por dar dos muestras, sean el aftersun del aficionado impenitente después de achicharrarse el culo y las pupilas por esas plazas de dios. Por ambas, cualquiera haría kilómetros. El abanico torero tiene armonía y alimenta la esperanza, la base ganadera tiene buen apoyo. Corridas bravas y buenas. ¡Dos de Joselito!, desempolvado por fin para la temporada. Y otra más de El Tajo y La Reina en Bilbao, con figuras pese al trasquilón que alguno se llevó del Botxo el año pasado.
Cantar uno a uno los carteles sería perder el tiempo porque ya se conocen, pero quisiera detenerme en la feria más pequeña de los hermanos Pablo y Óscar. Tudela. La más corta y concentrada, pero a la vez representativa de la pauta y el modelo con tres carteles de lo más "democrático", razonables y nada estridentes. Victorinos para dos toreros emergentes, toros de la casa para dos consagrados y un aspirante, y Torrealtas para tres toreros de público con vitola. Un ferión a la "nueva usanza".