Me ganan los toreros capaces de torcernos el brazo a la prensa, a los aficionados puristas, a los que no creíamos. De cagarse en los clichés. De hacer añicos el espejo en el que se les proyectó una vez para siempre. Y me está ganando El Fandi.
No ha tenido el toreo un blanco tan fácil ni tan cómodo como él, uno que nunca prometiera venganza, nunca una palabra más alta que otra ni un "que la sigan chupando" cuando pudo, aunque su fama le preceda y le condene de antemano a menudo. Al contrario, encajó todos los golpes (muchos bajos) y siguió su camino con la serena indiferencia como mayor desprecio y mayor aprecio. Ese talante "delbosquista", ahora tan providencialmente en boga, ayudó también a ver al torero que se ocultaba debajo.
Pero me cuadra escribir de El Fandi, después de un tiempo pensándomelo, pasada la tarde de Pamplona. Me reafirma en la idea de estar ante la revelación de una temporada rara, nada menos que con diez años ya en el "candelabro" de las ferias. Obviamente, es la revelación de un observador torpe, al que le costó intuirlo, que tiró la toalla pronto y que ahora susurra, porque cantarle a El Fandi sigue siendo como cantarle a El Juli en los años del cambio. Una batalla perdida todavía. Una herejía con porvenir de pecadillo confesable.
No es el de David el mismo caso de Julián, que rompió con lo anterior para forjar casi de cero, tan sólo con la potente base técnica de su aprendizaje anterior, un torero nuevo. El Fandi no. El Fandi crece sobre lo que había. Ni suelta las banderillas ni renuncia a ensuciarse las rodillas. Pero de un tiempo para acá a muchos nos ha dejado de entretener el portentoso banderillero y nos ha empezado a interesar el cadencioso capotero y el muletero más capaz de todo el escalafón. Más Paquirri que toda la descendencia junta del bravo torero de Barbate. Con el toro que puede, claro. Con el de Madrid, el de Pamplona, el de Bilbao. Plazas a las que no da la espalda, ferias donde sus compañeros mediáticos con los que se le quiere aparejar le despiden con un "ahí te quedas David, nos vemos en los gaches".
Estoy convencido que si El Fandi no hubiera crecido con el toro "bueno" y con el sucedáneo en muchos pueblos, si matara las duras, los que hoy censuran con saña y mala baba su "circo" y su espectáculo, habrían parido un héroe, un ídolo. El tigre de Sierra Nevada. De hecho, me puede la sensación de que El Fandi es y será el torero que quiera, el que le apetezca y se proponga porque cada vez me cuesta más digerir la milonga de las "limitaciones" estéticas.
No hace falta tirar de hemeroteca para recordar que en Madrid bordó el toreo a la verónica como los grandes hace no tantos Sanisidros. O que este año, le hemos visto torear de la leche al natural. Ayer, sin ir más lejos, hubo un muletazo excelso al primer "tanque" de El Pilar en Pamplona.
Sólo le falta renunciar a la regularidad y al impuesto del rodillazo, ahondar en el toreo a diario. Seguir redondeándose porque a los que le pusimos techo nos ha mandado a casa. Eso, y que los palcos empiecen a robarle las orejas en lugar de regalárselas como en Pamplona. Entonces, todos hablaremos de él y le escribiremos poesía.