Desconozco si es por idealizar pero desde siempre he sentido una especial atracción por la feria de Ceret. Aunque por h o por b, año tras año se me resiste. Una feria hecha por aficionados y para los aficionados donde el toro es el que manda. Entiendo que es una manera diferente de ver toros, totalmente opuesta a lo que estamos acostumbrados a ver. Basta que me digan eso para que me pique la curiosidad.
Escribo por tanto desde la lejanía y con una perspectiva imparcial, basada en las emociones percibidas a través de vídeos y comentarios con aficionados. Pero sin entrar en el debate del torismo, cada vez peor entendido por aquellos integristas que niegan la bravura y la casta de las ganaderías que consideran ‘comerciales'.
Uno se pregunta qué pensaran los militantes de CiU y ERC cuando en plena Cataluña francesa se canta 'Els Segadors' a la vez que se rompe el paseíllo. Con varias senyeras colocadas en la plaza. O que se toque 'L'estaca', esa letra que Lluis Llach compuso de forma magistral para pedir la libertad durante el franquismo. Más que una canción, un himno. Un símbolo de la lucha. Taurina, en este caso.
Es Ceret un refugio para el aficionado catalán. Un paraíso y un elixir camino de convertirse en exilio si finalmente prospera una ILP que cada vez entendemos menos. Pero también es un cobijo para todos aquellos cansados de ver toros de sospechosa presencia por estas plazas de dios. Aunque como todo, las exageraciones más que engrandecer, desvirtúan.
Ahí están las novilladas de la feria. Echen un vistazo al vídeo de los de Fidel San Román y verán novillos de descomunal presencia y estampa imponente. Los padres de los toros lidiados en plazas de segunda y de alguna que otra de primera. La fórmula equivocada del ‘todo vale'. Toro grande, ande o no ande. Sobre todo cuando delante tienen a tres novilleros, mejores o peores, que se ven obligados a pasar un trago conscientes de que lo mejor que les puede pasar es irse a casa por su propio pie.
El toro de Ceret, por presencia, impone miedo y respeto. Justo lo contrario de lo que ocurre en otros cosos españoles de más ‘categoría', donde se lidia un animal bajo de trapío que, tampoco se nos olvide, es capaz de herir y de matar. Pero en la Cataluña francesa no hay esa sensación de facilidad por parte del torero, de dominar tiempo y espacio desde que se abre de capote.
Allí, el toro manda y verse anunciado en plazas así tiene mérito por sí sólo. Luego saldrá lo que salga. Desde el toro que protagoniza estampas añejas en el tercio de varas, pasando por el marrajo hasta llegar al toro bueno. Ahí están los de José Escolar. Qué gran ganadero, por cierto. Por todo esto, Ceret es un reducto que hay que mantener. Con sus exigencias y estridencias. Acierten o se equivoquen. Son diferentes y eso se agradece.
Para terminar, un pequeño apunte lejos de Ceret. Lo hablamos la semana pasada y ahora se confirma que la Mesa del Toro va camino de convertirse en un bluf. La última ha sido reunirse con el Ministerio del Interior para tratar temas tan relevantes como la modificación de los criterios empleados para la inscripción de los profesionales. De los temas verdaderamente importantes, nada. Allá ellos.