Tengo clavada la imagen de Serafín Marín en el Parlament de Cataluña. Sentado en la tribuna de invitados, cabizbajo y sin poder evitar derramar las lágrimas, contempló como los diputados catalanes golpeaban los cimientos de la democracia, al prohibir a todos los que pensamos distinto.
Pero sobre todo, Serafín Marín estaba sólo. Completamente sólo. Una foto que representa el estado real del toreo, de la desunión y la teoría de que aquí a la mayoría le importa un pimiento todo lo que ha ocurrido en Barcelona. Se votaba el futuro del toreo y nosotros tuvimos como representantes al de Montcada y al modesto Enrique Guillén. Nadie más. ¿Dónde estaban las figuras del toreo?¿Qué cosas más importantes tenían qué hacer? ¿Acaso disfrutando de las vacaciones?
Me considero incapaz de comprender la desidia y el desinterés de los principales afectados de la abolición de la tauromaquia en Cataluña. Porque pese a que conocíamos el resultado, era el día de hacer acto de presencia en el Parlament para, de manera simbólica, defender nuestra cultura. Pero no. Algunos callan y otros lavan su conciencia enviando una nota de prensa mostrando su indignación ante semejante tropelía. Basta con echar mano de la guía de carteles para ver que ese día ninguna figura hacía el paseíllo. Salvo Hermoso de Mendoza. Y no se vio a ninguna.
Ha tenido que ser un grupo de aficionados los que de manera ejemplar han intentando movilizar las conciencias. Aprovechando las redes sociales pero sin ningún tipo de apoyo, incluso con desapego por parte de algunos medios de comunicación taurina. Nadie les ha tenido en cuenta e incluso han sido maltratados por un aspirante a crítico antitaurino en el periódico El País. Esa lucha por defender su pasión, poniendo el toreo por encima de otros intereses me parece admirable. Son los que peor lo están pasando porque de la noche a la mañana han visto a unos políticos coartándoles la libertad. Un 28 de julio de 2010.
Llegados a este punto, hay que dejar de mirar el pasado y afrontar lo que queda por venir. Promover un boicot a Cataluña no deja de ser papel mojado en un tema que a la mayoría se le habrá olvidado en cuestión de días. Pero sí a comenzar a trabajar con seriedad, recurrir la prohibición ante el Constitucional y lograr que el Gobierno se comprometa a defender la libertad de ir a los toros. Y si Zapatero no quiere, que lo diga.
Pese a todo, estoy pesimista y tengo la extraña sensación de que aquí no va a pasar nada. Las figuras asumirán con normalidad que se tienen que despedir de Cataluña, cada vez más cerca del ‘Catalonia is not Spain' y más lejos de la tolerancia y el respeto, y se seguirán comportando como si nada ocurrirá. Ojalá me trague mis palabras.
Aunque a lo mejor es cierto que el toreo no cabe en el Siglo XXI. Afortunadamente, los valores que se transmiten son contrarios a una sociedad que ha eregido como icono a una tal Belén Esteban, calificada como la representante de la clase media de nuestro país. Y encima los antitaurinos tienen como musa a Karmele Marchante. Así nos va.