Ya lo saben: como el resultado de un mal partido de baloncesto, como aquellas espesas refriegas que planteaban Dino Meneghin y sus militantes del “kárate press”, va para una semana que los parlamentarios catalanes sentenciaron el toreo por 68 a 55. El liberticidio de Cataluña ha sido el fruto de un matrimonio de conveniencia, de la rara alianza de intereses entre los grupos animalistas y los políticos nacionalistas. Y en ese inmejorable caldo de cultivo cada lobby ha conseguido lo que pretendía: dar un sensacional golpe de efecto, contra la Fiesta y contra España. Que no nos cuenten más milongas.
Es difícil que, por el momento o salvo muy señaladas excepciones, un resultado así vuelva a repetirse en otras comunidades autónomas de este país, porque es difícil también que vuelvan a darse circunstancias tan especiales como las catalanas. Pero partir de aquí, no nos engañemos tampoco, se ha abierto la veda contra el apestado colectivo taurino, con los animalistas alentando el efecto dominó buscado con la votación del Parlament y aprovechando su privilegiada y constante presencia en los medios de comunicación para seguir manipulando conciencias con sus mentiras sensibleras.
Hemos perdido la primera batalla, la que ha abierto las hostilidades de una guerra ya declarada y que promete ser larga y cruda. Así que, pasada la calentura del pataleo y la indignación, toca ya ponerse a pensar seria y fríamente, con inteligencia, sobre las estrategias a seguir, sobre la manera de contraatacar en un conflicto que ha sorprendido al displicente sistema taurino en mitad de una profunda crisis estructural, al igual que sucede con otras muchas actividades en estos tiempos de profunda recesión.
No es cierto que el toreo esté acabándose por decadencia, como afirman los quintacolumnistas del papel y la red, sino que acusa lógicas debilidades en pleno proceso de reestructuración, en una de las muchas bajadas que ha sufrido en esa sucesión de dientes de sierra que es su propia historia. Desde hace dos años la Fiesta está volviendo en España a los racionales números de la década de los 80, que fue la última gran época taurina del siglo XX, sólo que contando ahora con el doble de profesionales y ganaderías que entonces, como un lastre derivado de los inmediatos años de la masificación y la burbuja inmobiliaria.
En un penoso contexto económico global, la Fiesta necesita tiempo para reorganizarse debidamente en busca de esa necesaria calidad que muchos venimos pidiendo y que, reconozcámoslo, algunos ganaderos ya han logrado con el toro más grande y armado de la historia, y que muestran con él ciertos toreros. Una calidad y autenticidad que la refuerce como espectáculo, que avale su persistencia en una sociedad con muchas otras alternativas de ocio y cultura y que le sirva de parapeto ante los cada vez mayores y más serios ataques que le llegan desde fuera. Y que le llegan, repito, en un mal momento, cuando más apoyos y menos sobresaltos necesita. Pero, lamentablemente, hay muchos frentes abiertos en esta batalla de minorías.
(Continuará)