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Estrategias de guerra (II)

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03/08/2010 13:18
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Hay que tener claro que la larga batalla taurina que va a librarse de ahora en adelante enfrenta a dos minorías, la pro y la anti. La nuestra, según nos ha revelado el domingo una subrepticia encuesta del diario El País, es una “minoría” de tan sólo dieciocho millones de españoles. Una inmensa minoría, desde luego, que suma casi la cifra conjunta de votantes de PP y PSOE en las últimas elecciones. Eso sí, una amplia minoría pero poco organizada, porque nunca ha sentido, como ahora, la necesidad de defenderse.

De la encuesta que presentó sesgada el “diario antitaurino de la mañana” no se deduce muy bien cuántos son los antis. Me imagino que bastantes menos que los taurinos declarados. Sólo que, como el Tambor del Bruch, hacen tanto ruido que parecen superiores en número y, al parecer, también en moral y buenos sentimientos. O eso dicen ellos. Y son inteligentes, no hay que negarlo. Porque saben manejar perfectamente las armas que les ofrece el siglo XXI, y porque cuentan con respaldo económico y con asesores como el tal Anselmi, experto, como típico argentino, en el marketing vende motos que domina el leguaje social de nuestros días, lo que le convierte en una especie de flautista de Hamelin de la liberación animal.

Pero su mejor baza es que usan y manejan un mensaje muy claro y reconocible, muy fácil de asumir por esta sociedad superficial e idiotizada por los manipuladores que la conducen hacia el “Mundo feliz” de Huxley. Y ese falaz y repetitivo mensaje, el que insiste en que el toro bravo es un animal indefenso al que se tortura hasta la muerte ante un público cruel y ávido de sangre, tiene un gran eco en esta sociedad que están convirtiendo en sensiblera, que no sensible, y en la que, de seguir así el proceso, el toreo no tendría razón de ser.

Se trata de hacer llegar también nuestro mensaje a la sociedad, para que lo confronte.     Y en especial a esa gran mayoría de indiferentes

Se trata, entonces, de hacer llegar también nuestro mensaje a esa sociedad, para que lo confronte. Y en especial a esa gran mayoría de indiferentes, a esa amplia franja de población a la que los toros ni les gustan ni les disgustan, pero que aseguran que no prohibirían las corridas. Y que saben que, en estos momentos, los españoles tienen problemas mucho más prioritarios que resolver, como el de llevar dinero a casa.

Ese sector de ciudadanos, molesto por tan forzada polémica, es el principal objetivo de esta guerra, la posición estratégica que hay que ganar en la próxima batalla: para no seguir perdiendo adeptos ante la demagogia abolicionista, para evitar el creciente desprestigio de la tauromaquia y su alejamiento de la sociedad, para contrarrestar las bien organizadas y publicitadas campañas del animalismo radical… Y eso sólo se consigue lanzando un mensaje claro y honesto, sin complejos, sobre lo que significa la fiesta de los toros, como expresaba ayer en este mismo portal Fernando Gil-Cabrera.

El pro taurino, el de los profundos valores de un espectáculo tan duro y tan auténtico, no es, desde luego, un mensaje fácil de entender en el superficial contexto actual, pero seguro que se abriría paso entre un público que, por desinformado, lo desconoce o lo ha olvidado pero que sí que rechaza, por hipócrita, esta corriente general de estúpido buenismo que se está instalado a golpe de corrección política. ¿Está preparado el mundo del toro para conseguirlo? Tengo mis dudas. Pero lo que sí sé es que más que quienes nos atacan preocupan ahora quienes nos tienen que defender. Los que se tienen que hacer oír entre la apabullante mayoría de los indiferentes.

(continúa)

Pinche (aquí) para leer la primera parte del artículo de Paco Aguado

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