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Escoger la mediocridad

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04/08/2010 10:33
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Lo de Cataluña sigue doliendo y no lo cura el tiempo. Cuesta pensar en nada más, escribir de cualquier cosa. Siete días han dado para diagnósticos sobresalientes, reflexiones y hasta soluciones planteadas en prensa generalista, especializada o en la cada vez más plural blogosfera taurina. Pasó la moda patológica de lamerse las heridas que nos ha traído hasta aquí.

La reacción de los medios ha sido coral. Una sola voz con las excepciones de aquellos que creen escribir sólo para un "Público" radical y de los que no han tenido más remedio que arrancarse de cuajo la careta con la que llevan años jugando a dos bandas.

Pero quería hablar de un amigo, de un compañero que es un talento. Creo que no lo sabe y que esta humildad que le vino "de serie", vestida de inocente despiste cuando se trata de tasar y rentabilizar las cualidades propias, agranda su materia prima, su tesoro. Pocas cosas rebelan a Fernando, aunque hay una que le patea el hígado. Me lo dice a menudo. No soporta el triunfo de la mediocridad y convive con él. Como todo hijo de vecino.

Los pueblos son gracias a sus referentes, crecemos con ellos en un sentido o en el contrario. Y la prohibición catalana debería ayudar a revisarlos

Es difícil medir el talento, asociarlo a síntomas concretos, a una actividad en particular. Es incómodo hablar de él, negárselo a alguien, porque quizá el más tonto es uno y el colmo de la gilipollez es la soberbia. Es más fácil reconocerlo en los demás. Tanto, como identificar aquella mediocridad que mancha como el chapapote, la que de un tiempo a esta parte sale en hombros a diario en demasiados ámbitos de la vida.

Este régimen de la medianía, más que la prohibición de los toros en sí, es el dilema que la sociedad tiene delante. Debe o debemos escoger. Elegir como icono a un señor bajito, con bigote y en bolas capaz de vaciarse un cubo de pintura roja todos los domingos o elegir a otro capaz de masticar con insólita entereza bidones enteros de dolor, dispuesto incluso a morir en la plaza por una idea. Capaz de crear, de sacrificarse, de emocionar a una masa que mira y siente. Capaz, como el perenne Juncal, de hablarle al miedo frente a un espejo.

Fue ver llorar a Serafín y venirse a la cabeza aquella cornada en Ajalvir que casi le descerraja un pulmón. Unas líneas más abajo, tropecé con la foto de los titiriteros anónimos parodiando "la estocada" a la Fiesta con una espada láser y volcándose otro barreño de Titanlux. Los pueblos son gracias a sus referentes, crecemos con ellos en un sentido o en el contrario. Y la prohibición catalana debería ayudar a revisarlos. Desde las arrabaleras princesas de barrio hasta los cobardes y sospechosos gestores de lo público pasando por la caspa "embajadora" del toreo en esas casquerías del share.

Elegir entre la profundidad argumental o la demagogia histérica. Entre Wolff y Mosterín. Entre la crudeza y el show. Decantarse por la provocación o por aquella "escuela sobria de vida" que escribía Gómez Pin. Ser o no ser, cuando la gran crisis es de héroes, de valores, de modelos, de ideas. Ojalá escasearan sólo los euros.

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