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OPINIÓN

Estrategias de guerra (III)

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04/08/2010 11:54
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En esa defensa de la Fiesta poco podemos esperar de los partidos políticos. Para la mayoría, el toreo es una patata caliente que quema entre las manos. El gran eco de los antitaurinos ha hecho que todo lo que tenga que ver con los toros venga envuelto en un halo polémico que incomoda sobremanera a la acomplejada clase política española. Por eso las dos grandes formaciones, temiendo perjuicios electorales de uno u otro lado, no se han atrevido aún a tomar decisiones ni a favor ni claramente en contra.

Véase, por ejemplo, la ambigüedad del Partido Socialista, que tiene distintas varas de medir en cada comunidad autónoma, según se manifieste en ellas la fuerza del taurinismo. Andalucía, Extremadura o Castilla-La Mancha son feudos socialistas donde la Fiesta es tratada con guante blanco por los políticos locales, que echan el resto en campañas de fomento, que la cuidan en sus televisiones, que ayudan a las escuelas y a las plazas de toros. Pero son excepciones, y cada vez más raras dado el creciente antitaurinismo que se larva en las nuevas generaciones de Ferraz.

Lo habitual es que, de uno u otro partido mayoritario, los políticos mantengan una actitud demasiado cauta con el espectáculo, al que algunos preferirían ver extinguirse por sí solo, o que lo usen puntualmente a su conveniencia. Como en el caso catalán, en el que la Fiesta ha sido manejada nuevamente como moneda de cambio del juego político, en este caso para mal, a la vez que el revuelo mediático le ha servido indirectamente al gobierno de Zapatero para, después del Mundial, mantener extendida una cortina de humo veraniego que siga ocultando el verdadero problema de fondo del país: la imposición de la más dura reforma laboral de la Democracia.

La Fiesta no puede entrar al trapo del frentismo y la polarización de políticos y nacionalistas. Aunque nos hierva la sangre

Por el contrario, el Partido Popular aprovecha esta timorata actitud del PSOE con lo taurino para hacer electoralismo. Se lo han puesto a huevo. Indudablemente, es de agradecer este repentino fervor por los toros de los populares. Tan repentino que hay que hacer mucha memoria para encontrar alguna medida favorable para la Fiesta en los ocho años que ocuparon el gobierno central de la nación, o en sus gobiernos locales de las últimas décadas. Además, todas las propuestas actuales del PP en defensa del espectáculo, los tratamientos de BIC con que quieren blindarlo en sus autonomías, han llegado sospechosamente con los momentos más críticos del debate político catalán.

Pero la Fiesta de los toros, que no debe entender de ideologías, que no pertenece a ninguna facción política ni a ningún nacionalismo porque es una fiesta internacional, no puede entrar al trapo del frentismo y la polarización. Aunque nos hierva la sangre. Ni caer en la peligrosísima trampa de ser identificable con los votantes de un partido determinado, porque se daría la razón a los enemigos que lo siguen creyendo tópicamente. Como tampoco puede caer en la tentación de dejarse usar como arma del ultranacionalismo españolista contra los ciudadanos de Cataluña, a los que no se puede hacer pagar la afrenta independentista con ese cateto boicot que propugnan por ahí, y que afectaría no a los políticos de CiU, verdaderos culpables de la abolición, sino a trabajadores y empresarios ajenos a esta decisión parlamentaria.

Puestos a pedir, y reavivada como está la falsa polémica de los toros, lo deseable sería que cada partido expresara sus intenciones para con la Fiesta en los programas electorales de las próximas elecciones, que se decanten y se manifiesten con claridad para que los partidarios del toreo sepamos a qué atenernos a la hora de emitir nuestro voto. Pero no lo van a hacer, no van a comprometerse con asunto tan incómodo: seguirán dando pares y nones, e instrumentalizando el espectáculo a su conveniencia según venga el aire.

Para que los políticos nos respeten, para que no nos manejen, necesitamos demostrarles fuerza y unidad, que esos dieciocho millones de partidarios de la Fiesta se hagan sentir y, si es posible, aumenten en un buen porcentaje. Porque de los políticos sólo cabe esperar lo que nosotros mismos seamos capaces de hacerles entender.

(continúa...)

Pinche (aquí) para leer la primera parte del artículo de Paco Aguado

Pinche (aquí ) para leer la segunda parte del artículo de Paco Aguado

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