Sigue revoloteando todavía la encuesta "invertida" de El País, la que el diario encargó a cuento de la prohibición catalana, la del interés de los españoles por los toros, la de los 'dieciocho millones'. Y me ronda la sensación de que se está abusando del dato como verdad absoluta y que no ayuda porque no se sostiene. Es lo que es. Estadística. El superlativo de mentira según Disraeli, la "azarosa" extrapolación de los 10.000 audímetros repartidos en otros tantos hogares a los hábitos televisivos de 45 millones de españoles o el EGM, en el que dejé de creer casi a la vez que en Melchor, Gaspar y Baltasar.
Hacer palanca sobre los dieciocho millones de presuntos seguidores del toreo mientras las "máximas figuras" no pasan de la media plaza en muchas capitales de provincia, nos pule el crédito sin necesidad. No hace falta ser dieciocho millones. Basta con seguir siendo el segundo espectáculo, aunque ni un censo de aficionados a cuenta de entradas vendidas determinaría el número de 'votos' y adhesiones individuales capaces de ofrecer o retirar como lobby. Casi nada es lo que parece.
Más pupa que perder ceros en la cifra de partidarios de la Fiesta, hace lo del El Puerto el domingo en esa enfermiza afición del gremio a seguir bailando por Ricky Martin. Cada pasito pa'lante, aunque tímido con el amago de reacción a lo de Cataluña, es víspera de un pasito pa'atrás. No esperen aquí populismo, el que parece que muchos ansían, el que arrojaría cualquier estudio sociológico planteado a bote pronto y en caliente. Apuesto a que más de un 90% de la "muestra" en esa encuesta virtual, "matarían" a los tres toreros y a los dos apoderados y encumbrarían los cojones, difuminados al final, del presidente Sestelo. Al contrario que en el deporte, el reconocimiento social de los árbitros del toro estriba en pasar lo menos desapercibido posible.
Pero ni he visto los nueve toros rechazados ni estuve en El Puerto. El que sí estaba, y acabó fastidiado, fue el compañero Emilio Trigo que tuvo que lidiar con las voces del presidente y su negativa a hacer declaraciones, molesto por recabar antes las de Roberto Domínguez y dolido con la trascendencia de esa bajada de pantalones, de ese perdón que terminó pidiendo. No le culpo, al señor Sestelo digo. Me da la impresión que terminó con la "picha hecha un lío", sin saber al final lo que aprobaba y lo que rechazaba entre presiones de unos y otros, mientras el tiempo pasaba y le empujaba al precipicio.
Puede que directamente la corridita de Zalduendo fuera una gatada, pero estoy convencido de que los palcos, que son permeables a los prejucios, al igual que niegan por la tarde a El Juli convencidos de que sigue siendo el torero ligero y bullidor, anticipan el desembarco de determinados matadores, mentores y veedores en su jurisdicción. La fama de éstos, ganada a pulso, levanta la guardia de los funcionarios de Interior y quizá también el listón y su "narciso". No sé.
El caso es que estas nubes de polvo, estas telas de juicio, estos recelos de un sector en libertad vigilada por amigos y enemigos del toreo, se curan con transparencia. ¿Qué costaría hacer públicas las fotos de los nueve toros y enterrar las sospechas sospechosas de siempre que van más allá del propio trapío de las reses?. Que corra el aire, por favor. De nuevo, la cuestión cimbrea la estructura que presenta a un policía sin cualificación taurina acreditada interpretando hechuras, remates, culatas. Pitones sí, que de eso entiende todo Dios. Ahora, que si al final nos adoptan en Cultura, sabe Dios quién se subirá a un palco. ¿Los de la ceja?. Ni idea.
La estadística de la que hablamos (o la opinión mayoritaria) identificaría a Javier Sardá como el rey destronado de la telebasura, teniendo en cuenta el impacto y la longevidad de aquellas 'Crónicas Marranas'. Pues ahí está el tío, como el pedazo de comunicador que es, marcándose una "infiltración" a la altura del peliculón de Scorsese. Cuidada, divertida, íntima, bien enfocada. De lo mejorcito en mucho tiempo, taurinamente hablando.