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Otro verano sangriento

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17/08/2010 12:26
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El toro, ese "pacífico hervíboro", anda estos días de agosto empeñado tercamente en llevarle la contraria al santón de Mosterín. El toro, el utrero y hasta el eral están pegando fuerte este verano, que ya vino precedido en primavera de dos percances tan mediáticos como el de José Tomás en Aguas y el de Aparicio en Madrid.

Pese a las teorías "científicas" del apóstol del animalismo, esas que, con cuatro soplapolleces, quieren desmontar de un golpe tantos siglos de "impostura y falsedad" taurina, un año más los toros siguen cobrándose su cuota de sangre en los ruedos de España y Francia sin distinguir categorías. Figuras y novilleros, banderilleros y aspirantes sin caballos, todos cumplen fielmente con el impuesto del toro, ese que se paga con cicatrices y fiebre, con dolor y escalofríos. Y sin una protesta, sin un reproche. Con hombría.

Macías, El Gary, El Goy, Adolfo Ramos, Castaño, Mariscal, Cayetano, Curro Díaz... todos los muchos toreros que han sido heridos estos días, y los otros muchos que lo serán de aquí a octubre, siguen dando ejemplo de la verdad y la autenticidad de este espectáculo en unos tiempos revueltos y difíciles que les han convertido, para algunos, en matarifes y torturadores. Castigados, vapuleados y despreciados, los héroes incomprendidos del siglo XXI siguen su andadura de calor, miedo y carretera sin mirar atrás, asumiendo con entereza las dos caras de su oficio.

Los toreros de hoy son víctimas de una desmitificación que no reconoce la evidencia del riesgo de muerte que sigue habitando en los ruedos

Pero los heridos ya no se encuentran con las glorias de antaño, con el reconocimiento y la admiración de la sociedad. Lamentablemente, cada vez son más los que sufren por el toro y no por el hombre, los que se alegran cuando la sangre que tinta la arena no sale de los morrillos sino de las safenas. En este creciente proceso de destaurinización social, son los toreros los más directos damnificados, víctimas de una desmitificación que no reconoce la evidencia del riesgo de muerte que sigue habitando en los ruedos.

Cuentan sin duda para ello los avances de la medicina (no es extraño que los toreros le levantaran un monumento en su día al doctor Fleming), que han convertido las trágicas consecuencias de los percances de otros tiempos en convalecencias de apenas un par de semanas. Y también la propia mejora económica del país, que ha traído la optimización de las dotaciones hospitalarias en todos los puntos de España, ya sea en Linares, en Pozoblanco o en Manzanares. Varias décadas después, ni Manolete, ni Paquirri ni Sánchez Mejías hubieran entrado en la leyenda por la puerta de los cementerios.

Como cuenta también el descreimiento y la negatividad de una parte de la afición que sólo ve peligro y riesgo en ciertas ganaderías, las que lo muestran con evidencia y actitud, pero no con resultados. Vieja ley del toreo es aquella que dice que no hay que dejarse coger por el toro malo. Y por eso son las ganaderías que dicen "comerciales" las que cuentan en sus estadísticas con una más larga lista de percances de gravedad. Pero esa absurda desmitificación interna, ese desprecio por los profesionales que rige los criterios que algunos aficionados desnortados y vocingleros es tan dañina para el prestigio de la Fiesta como las propias teorías de Mosterín. Porque al fin y al cabo, ciegos ambos a la sangre, antitaurinos y fundamentalistas vienen a decir lo mismo: que el toro de hoy no tiene peligro...

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