Como cada día, el martes desayuné rodeado de las principales tribunas escritas de este bendito país. España para más señas. La huelga general prevista para el 29-S, la exigencia europea de un mayor recorte del gasto público en 2011 y el debut de la selección nacional en el Mundial de Sudáfrica coparon las portadas de los diarios. Sin embargo, los titulares que aludían a la prohibición del burka y nigab y a la futura Ley de Libertad Religiosa -papá Estado avanza con paso firme hacia la laicidad- llamaron poderosamente mi atención.
Respecto de la "regulación nacional del burka", simplemente anotar que el ministro de Justicia, Francisco Caamaño, declaró abordarla por motivos de seguridad y con el objeto de preservar la dignidad de las mujeres y de "ordenar con carácter general" el desconcierto originado por los ayuntamientos -en su mayoría catalanes- que han decretado por su cuenta la prohibición de la citada prenda.
Superada la tentación de ahondar en el afán coercitivo de la clase política catalana del siglo XXI -los aficionados a la Fiesta de los toros podríamos hablar largo y tendido de su condición abolicionista-, al margen de que, en términos de ecuanimidad, si lo prefieren neutralidad, no me perezca oportuno prohibir específicamente un determinado tipo de prendas -y otras no-, soy plenamente consciente de que esta tribuna no es la apropiada para abordar el asunto en cuestión.
Sin embargo, dice el refranero popular que "cuando las barbas de tu vecino veas pelar...". Puesto a poner en remojo, me pregunto si el Gobierno -descabezado por ZP- se valdrá de la Ley para, en un futuro no tan lejano, meter mano también a los cristianos católicos apostólicos y romanos, entre los cuales me encuentro por decisión propia.El mismo "ejecutivo" que ha consentido el destierro de la retransmisión de corridas de toros de la parrilla de la televisión pública y que hace la vista gorda a la teledirigida propagación de Iniciativas Legislativas Populares abolicionistas y "antitaurinas" -lo del tabaco lo dejo para otro día-, puede que termine impidiendo a nuestros toreros, de oro y plata, exhibir en sus capotes de paseo la imaginaría a la que invocan protección divina.
Y los Cristos y Vírgenes que últimamente proliferan entre los corbatines. Y las imágenes religiosas que adornan los vasos de plata. Liada la manta a la cabeza, puede que los legisladores socialistas pretendan clausurar las capillas -y confinar a los capellanes- de las plazas de toros de propiedad pública. Dicho sea de paso, la gran mayoría. Y obligar a los delegados gubernativos a amonestar a los profesionales que se santigüen mostrando públicamente su credo. Hasta ahí podríamos llegar.
Por fortuna, las mencionadas e "hipotéticas" medidas legislativas no son más que un místico y delirante castillo en la arena de quien escribe estas líneas. Por el momento. Porque ya se sabe que la realidad siempre termina superando a la ficción. Máxime si ZP continúa desgobernando la nave. Tiempo al tiempo.