Todita toda la razón tiene Paco Aguado cuando afirma que “en este negocio en lo último en lo que se debe ahorrar es en el toro”. De nada sirve anunciar por San Juan, San Pedro y San Pablo tan rematadas ternas –en realidad las conforman media docena de figuras del toreo permutadas a tres espacios y sin repeticiones-, con renombrados saldos ganaderos –de variopintas procedencias, desiguales hechuras y volúmenes, faltos de trapío, cuajo y remate, pasados de edad y completamente desrazados, carentes del más mínimo fondo-.
Da igual el acreditado hierro que los astados luzcan en el “cuadril”, porque los “empresarios” taurinos, los mismos que en su día fueron deslumbrados por tan irrealistas y desmedidos pliegos de condiciones, terminan sucumbiendo a la tentación de rebajar y abaratar la partida presupuestaria destinada a ganado, con lo que terminan ofertando “gato por liebre”.
Superado en trance “sanjuanero”, con el lanzamiento del “chupinazo”, llega el turno de la Feria del Toro de Pamplona. O eso afirman –se les llena la boca al pronunciarlo- los organizadores del universal abono “sanferminero”. En la capital Navarra, el guardián de las dehesas impone el horario, toda actividad festiva gira alrededor del toro –todo menos las corridas de toros-.
Es por ello que los responsables de la Casa de Misericordia de Pamplona no escatiman un euro a los ganaderos de bravo. Tampoco a unos minusvalorados toreros, a los que la Meca resarce su deteriorado protagonismo mediático en favor de los auténticos ídolos televisivos: los corredores del encierro.
No sé ustedes, pero un servidor está hasta más arriba de la coronilla de tanto “mozo” presto a desmenuzar, en vivo y en directo, las vicisitudes de las exportables carreras. Porque de eso se trata, de vender los encierros, de atraer a Pamplona cuantos más visitantes mejor. Hay mucha tela en juego. De la de verdad. Una talegada. Que se lo pregunten a la señora Barcina y al señor Sanz –siempre hay un político de por medio-. Y a las asociaciones profesionales de Pamplona, y por correspondencia de Navarra.
El caso es que cuánto más aparentes y ofensivos sean los “toros” que se corran por las calles de Pamplona, mejor. De ahí que los más agresivos mostrencos del campo bravo español sean reseñados para ser corridos en los encierros –Pamplona es el paraíso jurásico de Steven Spielberg-. Y estoqueados en los festejos vespertinos. Lo de lidiados es otra historia. Una que no interesa a los mandatarios pamplonicas.
Al fin y al cabo, el retorno económico de una puerta grande, propiciada por el toreo, es despreciable. Es por ello que en Pamplona no venden gato por liebre, en todo caso, ciervo por liebre. Que es mucho más grande. Y rentable.