Revelado por el vacuo discurso de David Pérez –los socialistas no se mojan ni sumergidos en el fondo de una piscina olímpica-, admirado por la categoría política de Joan Puigcerdós –es una putada pero en Cataluña, como en mi tierra, los políticos más capacitados intelectualmente casi siempre están en las filas de los nacionalistas radicales-, consternado por las lágrimas de Serafín Marín –ánimo torero-, me agarro, como a un clavo ardiendo, a la esperanza de que, tarde o temprano, se termine encontrando el subterfugio democrático que permita enmendar el cinismo abolicionista del Parlamento de Cataluña.
Declarado admirador del refranero popular, apenas tardo unos minutos en poner las barbas en remojo. Por más que lo intento, aunque la gran mayoría de los políticos vacos se apresuraran a declarar que dicho debate no es trasladable a Euskadi –cierto es que no necesitamos más tensiones-, no dejo de preguntarme que sucedería si el debate abolicionista fuera provocado en dependencias del Parlamento Vasco. Definitivamente vencido por la curiosidad, examino en Internet la distribución de los setenta y cinco escaños que componen la Cámara vasca, democráticamente elegida en las urnas en marzo de 2009.
El partido más votado y, por correspondencia, el que mayor número de parlamentarios posee –treinta- es el Partido Nacionalista Vasco. Presidido por Iñigo Urkullu, en el seno del PNV conviven las dos sensibilidades: los hay como Iñaki Azkuna, alcalde de Bilbao, público defensor de la Tauromaquia y declarados antitaurinos como Nerea Antia, antaño portavoz de la Asociación para un Trato Ético con los Animales. Vamos que, en virtud de la manida libertad de conciencia, imagino que los parlamentarios “peneuvistas” dividirían sus apoyos, declinándose la balanza del lado de los pro-taurinos. O eso quiero pensar.
Del posicionamiento de los socialistas vascos –veinticinco parlamentarios- todo se puede esperar, si bien, las recientes declaraciones del lehendakari Patxi López destacando “el arraigo y la tradición popular de los festejos taurinos en Euskadi” y la manifiesta defensa de la Fiesta de los toros del Consejero de Interior, Rodolfo Ares, y la Consejera de Justicia, Idoia Mendia, hacen presagiar, no deja de ser una hipótesis, un halagüeño horizonte.
Ninguna duda tengo del favorable posicionamiento taurino del PP –trece escaños- liderado por Antonio Basagoiti, un habitual en los tendidos de las plazas de toros vascas, y de UPyD. Aunque solitario, estoy convencido del apoyo de Gorka Maneiro. Igualmente convencido, aunque de distinto signo, estoy de la postura del beligerante representante de EB –la Izquierda Unida vasca- y de EA, aunque sus fundadores sean asiduos espectadores del coso de Azpeitia y San Sebastián. De lo que no tengo ni idea es de la postura de los cuatro parlamentarios de Aralar –la izquierda abertzale democrática- tan pronto pueden hacer suya la tradición taurina de los pueblos de Euskadi, como salir por peteneras. Más bien lo último.
En resumidas cuentas, después de hacer cuentas, respiro tranquilo. Por el momento. Porque ya se sabe que con los políticos uno no puede ni ir a la vuelta de la esquina. A las pruebas me remito. Qué pena.